La Casa de Kruela
Experiencias Sobrenaturales en Kruela

La Llorona de San Bartolo

Escrita por: Carlos Xavier (Lima, Perú)


25/01/2007

La siguiente es una leyenda urbana ni siquiera única al Perú. Muchos países de América Latina comparten un mito similar. Sin embargo, este, el de la Llorona de San Bartolo, incluye una experiencia muy cercana a mí. Luego de este relato podrán o no creer que lo que vimos, mi grupo de amigos y yo esa noche de verano del año 1997, haya sido la Llorona. Pero así fue como sucedió.

Hace muchos años, antes de que la playa de San Bartolo (a 52km al sur de Lima, ciudad capitalina) se convirtiera en balneario popular, esta era hogar de una pequeña colonia de navegantes rusos. En 1918, siguiendo una reforma de los territorios limeños, se creó la Municipalidad de San Bartola y esta colonia fue trasladada a los alrededores de La Punta, barrio del Callao, el puerto pacífico más importante de toda Sudamérica hasta dichas fechas.

Sucede que a principios del siglo XX llega una familia rusa a dicha colonia; un ex teniente de la marina de 55 años, su esposa de 33 y sus dos hijos de 15 y 18. No pasó mucho tiempo antes de que, por razones de un conflicto en su país de origen, el ex teniente fue reinstaurado al servicio y tuvo que dejar a su familia y viajar a Rusia. Cuando el hijo menor cumplió 17, y luego de año y medio de no saber nada de su padre, ambos jóvenes decidieron regresar a Rusia y averiguar el paradero del teniente desaparecido. Su madre poco pudo hacer para disuadirlos y, mucho menos, impedirles el peligroso viaje. No tardaron mucho las noticias de sus hijos. Pero el telegrama recibido no era uno alegre.

«Señora T., lamentamos informarle del trágico naufragio de la nave que portaba las almas de sus dos hijos...»

La leyenda reza entonces que la rusa, en un ataque de histeria por la siniestra noticia, corrió hacia los acantilados de San Bartolo y se quitó la vida precipitándose sobre los peñascos que emergen como dientes desde el violento mar de la zona. Desde entonces la gente de la zona suele ver a la rusa, ahora bautizada “la Llorona”, arrastrando sus negras batas por las arenas de la playa y buscando a sus hijos difuntos.

Y en aquella noche de febrero del año 1997, con mis mejores amigos a mi lado, la vi. El año de clases terminaba finalmente y todos nos despedíamos por las fiestas. «Feliz Navidad» y «esperemos vernos antes de Año Nuevo» y «¿qué harás en las vacaciones?» era todo lo que oía a la salida de la Escuela. Este año, mis amigos y yo teníamos un plan espectacular. «Nosotros nos vamos a San Bartolo para Año Nuevo, a la casa de Alejandro; ¡y llevamos cervezas!». Para un grupo de chicos de 15 años de edad no existía mayor hazaña; y con gran orgullo lo anunciamos a nuestros compañeros, relamiéndonos al ver sus ojos enormes y llenos de respeto. «Oigan» dijo alguno, «pero ahí está la Llorona». «Esas son huevadas», respondí yo. Pero a todos nos afectó el comentario, lo sé.

En el afán de organizar dicha aventura de hombres a la casa de playa de Alejandro, nos habíamos olvidado de que éramos niños, y le temíamos a la oscuridad aún. No obstante, partimos rumbo al sur con todas las provisiones que pudimos reunir y toda la diversión que cupo en el carro del hermano mayor de Alejandro. Esa noche previa al nuevo año nos reunimos alrededor de una fogata improvisada y destapamos un par de cervezas que compartimos en ronda. Entre chistes e historias de terror, anécdotas coloridas sobre el sexo opuesto (indudablemente falsas) y fracasos lamentables (y lamentablemente verdaderos), nos terminamos el cajón de cervezas que habíamos llevado. «Ok, niñas» nos dijo el hermano de Alejandro; «como yo los traje, les toca a Uds. comprar las chelas». «No, oye, ¿por qué?». Protestamos todos. «Si las chelas las hemos puesto nosotros». Pero ni el hermano de Alejandro ni su amigo estaban dispuestos a ceder. Fue entonces que Alejandro detuvo la discusión y nos dijo, «Vamos nomás. Que estos maricones se queden acá y nosotros compramos la cerveza; cosa que paseamos y vemos si encontramos algunas flacas para invitarlas para Año Nuevo». «¡Casi fue!» Se rieron el hermano de Alejandro y su amigo. «¡Anda nomás hermanito! ¡Vas a ver que lo único que vas a pescar es la Llorona!»

Por no parecer cobardes frente a los mayores salimos del patio de la casa disimulando nuestro temor. Pero ninguno de nosotros caminó tranquilo aquel tramo de 200 metros de playa negra que nos separaba de la licorería. Regresando con nuestro botín, y ya calmados los nervios, a Nacho le dieron ganas de orinar. «Haz en el mar, pues». Le dije. «Pero apúrate, ah» añadió Alejandro; «antes de que se nos calienten las chelas».

Estábamos ocupados viendo si es que había chicas lindas en las casas vecinas cuando oímos el grito de Nacho. Nunca me he asustado tanto como cuando lo oí gritar. Ese mar es muy peligroso de noche, sus aguas son negras y celosas. Creímos que se había caído del malecón. Corrimos como pudimos, ambos aún asidos de cada lado del cajón de cervezas, hasta donde había ido Nacho. Estaba parado en la orilla mirando hacia la dirección de la casa de Alejandro. Nosotros salimos de entre una par de casas y llegamos en cinco pasos hasta él. Fue entonces que volteé hacia donde se dirigía su mirada y la vi. A 20 o 30 metros de distancia se hallaba una figura de negro parada frente al mar. Largos cabellos negros enmarañados como algas marinas brotaban de una cabeza pequeña. Sus batas negras se batían en jirones húmedos al viento. Parecía haber emergido de las aguas mismas del mar de San Bartolo; al menos eso fue lo que nos pareció a nosotros.

De repente se volteó en nuestra dirección. Dejamos caer seco el cajón sobre la arena. Su rostro pálido y sin vida como la luna llena del sur; sus largas manos de largos y esqueléticos dedos grises colgaban a cada lado. Nunca supimos lo que vimos aquella noche pues levantamos nuestras cervezas y echamos a correr en dirección de las casas. Y al llegar a lo de Alejandro, les contamos lo sucedido a su hermano y el amigo. No nos creyeron y con justa razón. A veces ni yo creo estas líneas cuando las leo. Pero, en el refugio de la casa de playa de Alejandro, bebimos sin más para olvidar las visiones macabras que acabábamos de presenciar y apaciguar el temor que hasta el día de hoy me pone piel de gallina cada vez que me baño en las aguas de San Bartolo (de día, pues de noche ni el diablo mismo podría tentarme a regresar a esas playas malditas). Sea lo que fuera que vimos aquella noche nos cambió.

El día siguiente, cuando regresamos en silencio a Lima, a la calidez de cada uno de nuestros hogares, sabíamos que ya nada sería igual. Ese verano en esa casa nos había cambiado. Nacho se mudó con su familia a Buenos Aires y a Alejandro casi no lo veía más. Hace un par de meses me crucé con él y nos tomamos un par de cervezas. Me contó que ha terminado los estudios y es abogado; ahora está saliendo con una chica y se casan a fin de año. Pero otra cosa me contó que me trae a escribir estas líneas sobre lo sucedido hace ya diez años.
«Qué cagada lo de Nachito, ¿no?»
Soltó el comentario de la nada como quien no sabe qué decir.
«No, ¿qué pasó? ¿En qué anda?»
«Caramba. ¿No sabías?»
«¿Saber qué? ¿Qué le pasó?»
«Pues, tuvo un accidente allá en Argentina hace un par de años. Se fue con su familia de vacaciones a Punta del Este a visitarlo al Bringas, ¿te acuerdas de él?»
«No...»
«Y, bueno, tuvo un accidente. Le dio calambres cuando nadaba en el mar y se ahogó. Dicen que todo sucedió muy rápido.»

Pobre el destino de Nachito. Me apena tanto escribir lo que escribo. Y, sin embargo, no me sorprende. Creo que siempre supimos que algo así sucedería y por eso ya nada fue igual después de esa noche hace diez años ya. Pues una parte de la historia falta por contarles. Dicen que a quien la Llorona elige con su mirada de madre desesperada el mar reclama como el hijo de la difunta que se casó con las profundidades pues ahora le pertenece a él.
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