Cuentos de Terror y Miedo en Kruela
EL RETRATO INCONCLUSO ÁGATHA


La  esperaba en su estudio aquella tarde. Había llovido. Aún estaban húmedas las calles cuando ella llegó, sus pisadas dejaron huellas inconfundibles de barro sobre la alfombra. Se quitó el impermeable amarillo al entrar y, por primera vez, le sonrió.

     -Estoy lista-dijo con timidez y se sentó en el pequeño diván que él le ofreció.

La observó algunos instantes. No se había equivocado, era la modelo que necesitaba para terminar aquella pintura.

La conoció en uno de los escasos parques que había en esa ciudad. Casi nunca salía en sus ratos de ocio, pues éstos eran pocos y rara vez se los permitía. Sin embargo, por aquellos tiempos necesitaba con urgencia algún tipo de inspiración. Se había cansado de intentar en vano una nueva pintura, una que fuese distinta, única, que llenara el vacío que comenzaba a sentir en un rincón impreciso del ser.

Observaba el ir y venir de los transeúntes, instalado en una sencilla banca de herrería cuando la sintió sentarse a su lado. No preguntó la hora, tampoco le pidió fósforos o un cigarrillo –como creyó al principio-, mucho menos intentó charlar. Simplemente se limitó a exhalar un largo suspiro y algunos minutos después se levantó. La observó caminar lentamente hasta desaparecer tras la primera esquina llevando entre sus brazos un peculiar impermeable amarillo. Media  hora más tarde la lluvia lo sorprendió.

Esa misma noche soñó con ella. A la mañana siguiente, a primera hora y sin perder un solo minuto en prepararse el acostumbrado café matutino, comenzó a pintar a la mujer. Fue extraño, apenas la pudo observar algunos instantes en el parque pero la había soñado y recordaba todos y cada uno de sus rasgos. O al menos, eso creyó él.

           Una semana transcurrió y no logró terminar el retrato de aquella desconocida. Recordaba su cara, su rostro, sí, pero no sabía precisar el por qué no podía terminar de pintarla.  Cada noche, al acostarse, juraba olvidarse de la pintura, mas al día siguiente, a veces involuntariamente, se hallaba frente al caballete con un pincel en la mano intentando concluir su obra.

Entonces se le ocurrió que, quizás si volvía a verla, si lograba hablarle, podía convencer a la mujer de posar para él aunque sólo fuese una vez. Buscarla, pues, se volvió casi una obsesión. Le parecía tonta aquella búsqueda, tomando en cuenta que el encuentro con aquella mujer había sido algo fortuito, mas no quiso pensar en las probabilidades, pues lógicamente éstas no estaban a su favor.

Tarde a tarde, por espacio de cuatro semanas y mientras el tiempo lo permitió, el artista acudió a la misma banca del parque en el cual había ocurrido el encuentro. Nada sucedió. Parecía que la suerte, los dioses o las fuerzas que rigen el destino del universo estaban en su contra, sin embargo en ningún momento se planteó la posibilidad de rendirse a los designios dictados por la razón humana.

Una de esas tardes de larga espera, la lluvia cayó súbitamente sobre la ciudad y el artista apenas tuvo tiempo para refugiarse en el atrio de una iglesia cercana. Los relámpagos iluminaban el cielo, pues los nubarrones habían opacado los últimos rayos del sol que se ocultaba, cuando entre los chorros de lluvia la observó pasar. Era ella. No podía tratarse de otra persona. La mujer llevaba puesto un inconfundible impermeable amarillo…

Sin pensarlo, sin preocuparse de terminar empapado hasta los tuétanos, cruzó el atrio con rapidez para alcanzar a la mujer. No supo si primero la llamó o la tocó en el hombro, pero lo cierto es que ella detuvo el paso y se volvió hacia él.

     -Disculpe, señorita, ¿me permite hablarle un momento? –dijo, tomándola del brazo.

     -Tengo una cita y llego tarde -respondió la joven, mientras pequeños arroyos de lluvia descendían por su rostro.

     -Mire, sólo quiero que usted… bueno, ¿cómo lo digo? Soy pintor y quiero que pose para mí. Es un retrato que deseo terminar y usted quizás pueda ayudarme.

     -Tengo prisa, déjeme ir -expresó la joven con mirada suplicante.

     -Está bien, no se asuste, no pienso detenerla más –sonrió antes de soltarla-. Mire, pienso pagarle muy bien. Sólo tome mi tarjeta y prométame que lo pensará. Si se decide, yo estaré esperándola. Créame que me hará un enorme favor.

La mujer dudó un momento, pero finalmente aceptó la tarjeta, la deslizó en uno de los bolsillos de su impermeable y desapareció a toda prisa entre las calles bañadas por la lluvia.

 

Desde ese momento él esperó. La esperó en su estudio todos los días porque algo le decía que tarde o temprano llegaría. Cada mañana, al despertar, entraba al estudio y se quedaba largo rato observando enajenado el retrato inconcluso. Era difícil saber con exactitud cuáles eran los detalles que faltaban, ya que parecían estar todos y ninguno a la vez.

Aquella tarde de junio, cuando la joven finalmente se presentó en el estudio, no se sorprendió en lo más mínimo. En cuanto escuchó el sonido del timbre, supo que era ella. Y se alegró de verla de pie frente a él con el cabello húmedo y el impermeable aun escurriendo agua de lluvia.

Era una mujer más joven de lo que había creído. Su pálida belleza sui generis le quitaba el aliento, a pesar de ser un artista bastante experimentado en beldades femeninas. La observaba detenidamente, como hipnotizado, mientras hacía los trazos correspondientes en el lienzo admirando sus extrañas facciones. Apenas cruzaron unas cuantas palabras durante el tiempo que ella permaneció en el estudio pero él no fue consciente de ese detalle, pues su obsesión por terminar el retrato de aquella chica lo apremiaba y no podía ni quería dedicar su mente, sus energías,  a otro objetivo que no fuera el concluir su obra.

Sólo fue consciente del tiempo transcurrido cuando quiso pintar los ojos de la joven. Entonces supo que en ese detalle radicaba la dificultad que había encontrado para concluir el retrato iniciado días atrás luego de una experiencia onírica. Una y otra vez intentó plasmar sobre el lienzo todo lo que aquellos ojos transmitían, mas no lograba cautivar en la pintura la peculiar mirada de la chica.

En la madrugada, exhausto y febril, decidió suspender el trabajo al darse cuenta de que la joven había permanecido ahí toda la noche sin quejarse ni mostrar ningún signo de desesperación, observándolo con esa mirada que no había logrado atrapar en la pintura.

     - Creo que he abusado de tu tiempo–expresó algo apenado-. Por hoy es todo  pero ¿podrías volver mañana? Aun no he concluido la pintura.

Ella sonrió antes de decirle:

       -No creo que sea necesario, sé que tarde o temprano la terminará.

Cuando estaba a punto de abrir la puerta para irse, volvió sobre sus pasos, se acercó al artista y depositó un beso rápido sobre su mejilla. Después se fue.

Al amanecer, el pintor se levantó y una vez más se plantó frente al lienzo inconcluso. Observó por centésima vez el trabajo de la noche anterior y tomó el pincel. Cerró los ojos. Comenzó a recordar cada uno de los encuentros con la joven, se palpó la mejilla y sonrió. Respiró hondo, de pronto, invadido por una sensación extraña, abrió los ojos y fue en ese instante cuando lo vio.

Colgado del perchero de la entrada estaba el impermeable amarillo de la chica del retrato. Se acercó hasta él, introdujo la mano en ambos bolsillos para extraer de ellos algo que pudiese darle pistas sobre su propietaria, a quien nunca le preguntó su nombre.  La tarjeta de presentación, algo humedecida, con los datos del pintor y una credencial bastante maltratada aunque con el nombre de Eugenia Navarro todavía legible, fue todo lo que encontró.

Recordó de golpe que la joven se había ido ya avanzada la madrugada sin recibir el pago convenido, por lo que decidió acudir a la dirección que se encontraba en el reverso de la credencial para disculparse por su descuido imperdonable antes que fuese demasiado tarde. Se echó sobre un brazo el impermeable y salió a la calle dispuesto a buscar a Eugenia.

No pudo dar con ella. En el domicilio le informaron que no conocían a nadie con ese nombre, a pesar de que los habitantes habían adquirido la vivienda desde hacía casi diez años. Los vecinos inmediatos tampoco parecían saber nada, hasta que una anciana que vivía a tres casas de la que debería habitar la joven, se acercó a él para observar la foto de la credencial y le dijo:

     -Sí, me acuerdo de la chica, una joven muy linda, tez blanca, cabello largo. ¿Eugenia dijo? Sí, es una triste historia. Es terrible morir así…

     -¿Morir? ¡No, señora, me parece que no estamos hablando de la misma persona! La joven que busco posó para mí el día de ayer, soy pintor, ¿sabe? Pero en mi estudio olvidó su impermeable y yo únicamente…

     -Eugenia se fue a trabajar aquel día –continuó la anciana, ignorando sus explicaciones-, pero nunca regresó. Sus compañeros de trabajo dijeron que ella salió de la oficina cuando aún llovía porque tenía una cita con quien sabe quién y esa fue la última vez que la vieron. Si llegó o no llegó a su cita, sólo Dios sabe, porque la familia no volvió a verla con vida; algunos días después encontraron su cuerpo en un lote baldío y del resto… no me acuerdo muy bien. Pero recuerdo a la muchacha, ¡cómo no! Siempre pasaba por mi casa para saber si se me ofrecía algún favor, era muy buena…

No quiso escuchar el resto de la historia ni corroborar la información recibida. Con el impermeable bajo el brazo y la cabeza hecha un remolino de interrogantes, el hombre se alejó de ahí.

¿Era posible? ¿Realmente era posible? “Nada tiene sentido, nunca lo tuvo desde el principio”   -decía para sí una y otra vez. Se sentía demasiado tonto por el simple hecho de volver al estudio con un impermeable amarillo que había pertenecido a una chica que ya no existía… Mas era inadmisible plantearse siquiera el creer la perorata de la anciana cuando sus propios ojos habían visto a Eugenia y su piel había experimentado el contacto de sus labios. Todo le parecía absurdo, pero más absurdo le parecía el hecho de que él, siendo un experimentado artista del pincel, no lograría terminar un cuadro tan sencillo si la modelo decidía no volver a presentarse nunca.

Por esta razón y contra todo pronóstico, cada tarde de lluvia, el pintor espera. La espera en su estudio observando hacia la calle, mientras a sus espaldas, en una de las paredes, cuelga el retrato inconcluso de la joven. Está seguro que ella regresará, tarde o temprano, pero llegará.

"Quizás la anciana estaba desvariando -se repite hasta el cansancio-, quizás fuesen dos personas distintas con el mismo nombre. Quizás con la tarjeta extraviada, a Eugenia le cueste un poco más dar con la dirección; quizás la joven acudirá de nueva cuenta al estudio una tarde de tantas..."

Y quizás, sólo quizás -amparado en esa espera irracional-, algún día el timbre sonará nuevamente, la alfombra mostrará huellas de barro y Eugenia volverá a posar para él una tarde de lluvia torrencial.

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