Avanzó,
apenas sin fuerzas hasta el fondo de la callejuela oscura, sin saber todavía
si encontraría una salida. Palpó a la derecha y a la izquierda,
y, por fin, al fondo, sus manos toparon con una reja entreabierta. La oscuridad,
latente, lo envolvía todo, pero aún así, debía
seguir avanzando, ya no había vuelta atrás. Pronto, se chocó
contra un escalón, cayendo de rodillas, su respiración entrecortada
por el miedo no permitía salir de su garganta ni un sollozo, ni
un gemido, mucho menos un grito. Sin tan siquiera rozar sus doloridas rodillas
se incorporó y comenzó a subir.
Los escalones,
altos, estrechos, cada vez más empinados, estaban desvencijados
por los extremos. Su respiración iba cogiendo velocidad a la vez
que la angustia iba apresando cada vez más su cuerpo. Había
perdido ya la cuenta de los escalones, los tramos subidos. Ya no le preocupaba
la humedad, ¿sangre?, que sentía a la altura de las rodillas.
Ni siquiera recordaba de qué huía.
Siguió
avanzando, con cansancio, pretendiendo desafiar sus propios límites,
ya al borde de la extenuación. Sus piernas ya no le respondían.
Se tiró al suelo y, de rodillas, dejando un rastro de sangre fresca
a su paso, ayudándose con los brazos, las palmas de las manos, continuó
su ascenso.
Abajo.
La reja.
Comenzaba
a abrirse.
Un chirrido
insistente puso en alerta a la presa.
Reptaba por
los escalones como poseida por una fuerza superior que impulsaba a su cuerpo
a subir, arrastrándose si era preciso.
Y esa maldita
escalera parecía no acabarse nunca. Se paró para recuperar
fuerzas. Y atendió a los sonidos envueltos por la falta de luz.
Un roce de
tela le sobresaltó.
¿Por
qué sonaba la tela al tocar los escalones siendo un sonido tibio
y suave aquel, y sin embargo no escuchaba ni un solo paso?.
Abajo.
El viento.
Golpeó
la reja.
El estrépito
del choque hizo que unos perros comenzasen a ladrar rabiosamente.
La suma de
factores era cada vez peor: la persecución, aquel torreón
de inacabable ascenso, la oscuridad, la sangre, los crujidos de los escalones,
aquella cosa, animal o ser, que iba tras él, y, ahora, los perros.
¿Qué más sería capaz de soportar?
Perdió
el equilibrio, cayó rodando, tropezó a su paso con algo a
lo que se agarró. Cuando recuperó el equilibrio, notó
en su mano un jirón de tela. ¡Se había chocado con
aquello!. No había ya noción del tiempo, del espacio. No
sabía donde dirigirse y volvió a avanzar por los escalones.
Arriba.
Pasos silenciosos.
Esperaban
su llegada.
Arrástrandose,
con la escasa fuerza que le quedaba, ascendió, tramo a tramo.
Creía
que aquella escalera infernal no acabaría nunca.
De repente,
empezó a notar el aire fresco sobre su cabeza. La claridad de la
luna empezaba a asomar por escasas rendijas. Los escalones dejaron de crujir.
Llegó al final del torreón. Se asomó al abismo.
Una sombra.
Detrás
de él.
Unas manos
que empujan.
No le dió
tiempo a gritar, y un golpe seco anunció al suelo que había
llegado su....
FIN
26/I/2001
Por Jánika
(Segovia, España).