Maria sangrienta
La verdadera historia de Veronica
¿Quién se atreve?
AMIGAS... HASTA LA MUERTE
La historia del pequeño Brandán
Los consejos de un demonio
La novia gótica.
La infidelidad de Juliana.
ZOMBIE
ELLA
EL RETRATO INCONCLUSO
UN INTRUSO EN EL ROPERO
El chófer fantasma
Anuncio -> Busco vampiro
Alicia
La Mamma morta
Tuenti

Cuentos de Terror y Miedo en Kruela

Viva Anika Votos: 4


Le saqué de la institución psiquiátrica porque en el fondo trataba de rebelarme. Mis padres me ocultaron su destino pero él estaba vivo, y vivía enclaustrado en una edificación con barrotes. ¡Qué maldad la de mis padres!, pensé entonces. Me creí valiente, generoso, honrado y hasta me sentí orgulloso de mí mismo... nada podía hacerme cambiar de opinión... pero desconocía todo acerca de su enfermedad y fue un error llevar a Pedro conmigo. Sin embargo lo hice. Pedro había sido mi amigo y mi vecino durante mi infancia. Al morir sus padres los míos se hicieron cargo de él, pero un día desapareció y me quitaron al único amigo y hermano que tenía.

¡Cómo había cambiado Pedro! No fue fácil hacerle entender que el mundo, fuera de aquella institución, vibraba de emociones. Lo había olvidado todo. Recordarle nuestros juegos de infancia fue divertido, pero reincorporarle al mundo real era todo un reto. Además nuestra aventura no duró mucho tiempo, pero yo me creí una especie de super hombre capacitado para cualquier tarea, y Pedro confió en mí. Más no podía pedir. Me sentí exultante aquella semana paseando a Pedro por Madrid. El coche casi nos llevaba solo. Mis manos podían estar al volante pero mis ojos veían la ciudad por primera vez. Y mi boca..., mi boca le explicaba las cosas con una mezcla de pasión y pedantería que sólo hoy soy capaz de reconocer. Era mi amigo y tenía 22 años, pero para mí era como un bebé al que había que enseñarle todo. Me sentí un padre felizmente prematuro. Cualquier detalle nimio de mi vida le parecía una aventura, desde comprar unos vaqueros, unas zapatillas y una camiseta, hasta leer el periódico en un bar con una cerveza y un paquete de cigarrillos.
- Luis -me dijo una de esas mañanas en que sentados en la terraza de un bar yo repasaba el periódico-, esto me gusta. Es como el parque de casa.
        Seguía llamando �casa� al centro psiquiátrico. Me henchí de orgullo al pensar que yo, su amigo, su hermano, su ángel de la guarda, iba a darle todo lo que necesitaba, y supe que algún día llamaría �casa� a nuestro piso. No, no me dolió, mi instinto de superación y mi rebeldía me aseguraban un éxito cantado. Pedro volvería a nacer, a crecer y a educarse, y yo sería su padre y su hermano.

El tercer día de nuestra vida en común, cuando Pedro ya lucía su ropa nueva, le llevé al Retiro. Allí me mostró una emoción propia de los niños. Podía ver en él las mismas señales que ví durante nuestra infancia. Le reconocí y eso me emocionó.Miraba todo con una curiosidad desbordante, y corría de un sitio a otro con la ilusión de tocar las maravillas que descubría a su paso. Así conocimos a Amanda.
        Ella, como al menos siete más de sus compañeros, trabajaba en el parque del Retiro de estatua viviente. Lucía un traje de romana que bien podría ser una sábana enrollada en su cuerpo, y de pies a cabeza iba pintada de blanco y gris. Era una profesional y admiré su capacidad de no moverse un ápice durante el tiempo que Pedro tocaba sus pies y le miraba con la boca abierta.
- ¿Te gusta? .- Le pregunté.
- Sí. Mucho.

Aquel primer encuentro se convirtió en el primero de varios durante los cuales y aprovechando mis vacaciones llevé a Pedro al Parque del Retiro para entablar amistad con Amanda. Puesto que ella era una profesional y no iba a moverse de su lugar ni hablar con nadie, el segundo día dejé a sus pies unas monedas que servían de pisapapeles. Bajo ellas estaba mi número de teléfono escrito en un papel, y una única frase: �Quiero conocerte�. Dio resultado. El tercer día me llamó por teléfono sólo para preguntarme si iría a verla. Le dije que sí. �No te voy a dirigir la palabra cuando vengas�, me confesó, �Ni siquiera te guiñaré un ojo�, concluyó divertida. Aquello me pareció muy estimulante e incluso la imaginé sonriendo pícaramente. Este era un juego al que quería someterme a ciegas. Ahora sólo tenía que pensar en cómo decirle a Pedro que necesitaba unas horas para estar a solas con una chica. Hay que recordar que desde el momento en que acogía mi amigo en casa, abandoné mi vida social. Pedro nunca había tenido relaciones sexuales ni íntimas con una mujer y al parecer ni siquiera había sentido deseos hacia otro sexo, así que no entendió nada. Lejos de deprimirme, le preparé una cena ligera, le abrí un bote de Coca-cola y le enseñé a usar el vídeo. Aquella noche se quedaría solo con la cena y una cinta de vídeo y yo saldría con Amanda.

El cuarto día, cuando llevé a Pedro al Retiro, algo había cambiado entre Amanda y yo. La complicidad era fantástica, pero su profesionalidad me subyugaba sobremanera. Allí estaba ella, soportando sin mover un ápice de su cuerpo, al joven, abnegado e infantil Pedro a sus pies, llamándola �bonita�, acariciando sus pies, o sonriéndole como si fuera un cachorrito adorando a la madre. ¡De qué diferente manera mirábamos a Amanda!. Lo mío era lujuria, deseo y complicidad. Lo de Pedro era pasión, adoración o fetichismo. Y mientras tanto, Amanda, blanca y aparentemente de yeso, seducía a mi hermano y me provocaba a mí.

Aquella noche volví a dejar solo a Pedro, pero esta vez le dije que había quedado a cenar con Amanda.
- Es la chica que parece una estatua romana, -le informé- la del parque.
        Pedro frunció el ceño.
- No. �Dijo
- ¿Cómo que no? -inquirí.
- La estatua �dijo Pedro ofuscado- no come.
        Estuve a punto de echarme a reir. ¡Que no comía! Comía, y no sólo carne y fruta y helados, me comía a mí, a besos, a lametazos, de arriba abajo, con pasión y mucho morbo. Por eso, precisamente por eso, me resultaba tan sexy y estimulante verla inamovible sobre un pedestal en mitad del parque.
        Le dejé a Pedro un sandwich mixto y un bote de naranja. También le mostré mi colección de vídeos por si prefería ser él quien eligiera la película (opción que la noche anterior no tuvo porque le dejé únicamente la cinta de �Cinema Paradiso� y las normas para el uso del vídeo), y me marché.
        Bajé los dos pisos por las escaleras y me fui caminando al bar donde había quedado con Amanda, a dos manzanas de mi casa y sólo una de la suya. Cenamos y nos reímos, nos hicimos promesas para aquella noche que prometía ser de alto contenido erótico y nos marchamos con más prisa de la que teníamos al llegar. Y esa fue la última noche que pasamos juntos.
 

Al día siguiente Pedro se levantó malhumorado y me dijo que quería pensar. Yo tenía que arreglar unos papeles y pensé que sería una buena idea dejarlo solo y aprovechar el día. Así lo hice. Cuando volví habían pasado tres horas y estaba cansado y hambriento. Me dirigí a la habitación de Pedro porque no lo ví en el salón. La casa estaba silenciosa y empecé a incomodarme. Sí, se que parece extraño, pero más que asustarme por la ausencia de Pedro me sentí enfadado, cabreado y jodido, bien jodido.
        Antes de llamar al centro psiquiátrico o a la policía quise buscarlo por mi cuenta, y preguntando por los comercios cercanos descubrí que Mario, el dueño de la tienda de ropa donde habíamos comprado la camiseta y los vaqueros, y amigo mío desde hacía diez años, le había prestado dinero para ir al Retiro en taxi (sobra decir que el significado de taxi y su función se lo había explicado yo mismo porque él lo había borrado también de su memoria).
        Cogí el coche y me dirigí allí aguantando las quejas de mi estómago y el calor del verano. Saltarme un par de semáforos era lo que menos me importaba ahora, tal era mi cabreo. Ni siquiera puse música. Aparqué mal y corrí hacia el parque.
        Conforme llegaba al puesto de Amanda las piernas empezaron a flaquearme.
        Varios policías apartaban a la gente casi a manotazos.
        Noté que me palpitaba el pecho más de lo normal y temí que me diera una taquicardia.
 
 

Sentado, acurrucado, abrazado a sus piernas, estaba Pedro, mi amigo, mi hermano. Temblaba y balbuceaba palabras sueltas. A su lado había un par de policías hablando entre ellos. Me agaché frente a él haciendo caso omiso a uno de los polícías que trataba de evitar que me acercara con el ceño fruncido.
- Pedro. ¿Qué ha pasado?
        No me respondió inmediatamente pero conforme entendía lo que me estaba diciendo mis fuerzas me abandonaban. Y conforme escuchaba su locura giraba mi rostro y buscaba a Amanda.
        Mis ojos se posaron a cámara lenta sobre un cuerpo tendido y sin vida.
        Pedro, mentalmente confuso, le arrancó la vida y la cabeza.
        A mí me arrancó el alma.
        Hoy sé que Pedro se enamoró de la estatua y que la segunda cita que tuvimos Amanda y yo fue observada en silencio por mi sufrido amigo. Herido, al ver no sólo que Amanda estaba viva sino que me besaba como una mujer cualquiera, decidió acabar con la imagen impura y colorida del bar y devolver al parque la bella figura de yeso blanco y gris que resplandecía para los caminantes.
 

© Anika, Ciberanika.com

Otros Cuentos   (Recomendados)
La historia del pequeño Brandán Anuncio -> Busco vampiro Miedo
Maria sangrienta La Mamma morta Alicia
In crescendo Los consejos de un demonio El chófer fantasma
Habitación acolchada Viva Claustrofobia
El destino ¡Ayúdame! La novia gótica.
La infidelidad de Juliana. ~ ~ Noche de tormenta ~ ~ IN CRESCENDO
ZOMBIE AMIGAS... HASTA LA MUERTE UN INTRUSO EN EL ROPERO
¿Quién se atreve? EL RETRATO INCONCLUSO Origen
CUESTIÓN DE TIEMPO ELLA


Datos de acceso: Nick: Contraseña:
Registrate para acceder a todas las funcionalidades
Olvidaste tu contraseña
Ultimos comentarios



Nick Comentario


Comentarios
<%@ Control language='C#' debug='false' %>
Fecha Nick Comentario
11/07/2012 yeliana linda historia de amor, pocas veses logramos encontrar una historia asi con un poco de drama, amor tristeza, en lopersonal me gusto mucho
28/06/2012 EndriagoTarasca Queriendo ser Don Quijote donde vemos de una Dulcinea en apuros en realidad hay una gárgola, en este caso llamada Pedro que como tal, no podía más que enamorarse de una estatua, arrancándole la vida y la cabeza a la mujer que habitaba en ella.

Trágica y bien narrada historia.

Duro aprendizaje para el protagonista, que rubrico con sangre y dolor el desconocimiento, de que el fondo, aquello de lo que más debemos protegernos es de nosotros mismos.

Gracias Anika por tu cuento.

Endriago Tarasca
03/03/2012 amadeo Muy buena narración, realmente te conectas con el personaje prinipal
Haz tu comentario Ir a Home Comunidad