La
temperatura ambiental rondaba los 20º sobre cero. Hacía calor.
Entró en el parque por la puerta principal, adentrándose
inmediatamente en el camino de ascenso que daba a la biblioteca pública.
No corría demasiado aprisa, porque había empezado a notar
como el corazón le enviaba pinchazos de dolor al pecho.
Y a pocos metros de ella, unos ojos de un profundo color azul le ayudaban
al corazón a palpitar con mas fuerza ya que no podía dejar
de advertir el espectáculo que ante ellos se desarrollaba: una mujer;
que por su físico y forma de moverse, despertaba instintos, enviaba
mensajes a su aletargado espíritu, abandonado a la sinrazón
desde hacía mucho tiempo. Y esa sinrazón, ese progresivo
hundimiento en turbias y oscuras aguas, proclamaban su derecho a entrar
en la vida de aquella maravillosa mujer como si hubiese hecho en el mismo
momento de verla, una promesa de hacerle daño.
Dos minutos
después, ella había dejado de correr; prefirió relajarse
y sentarse en la fresca hierba, apoyarse en un esbelto árbol y dejar
que el aspersor de agua �instalado a pocos metros de ella �mojara sus piernas
suavemente.
Sintió entonces algo que ennegreció súbitamente su
tranquilidad, algo que la hizo perder el conocimiento, algo parecido a
la pérdida del contacto imprescindible para existir... una gruesa
cuerda de cáñamo alrededor del cuello negó aire y
sangre al cercano cerebro que mandó al cuerpo perder su voluntad.
Abrió
los ojos, ajena al resto de las cosas, ajena al momento y a la situación.
Movió la cabeza imaginando subjetivamente al cuello con la imperfecta
marca de la cuerda: esto incomodaba enormemente, y por lo tanto, acentuaba
más los deseos de comprender el por qué de la acción
tan violenta e injusta practicada con ella. Pero de momento, se tuvo que
conformar con darse un breve masaje y adivinar en donde estaba.
El miedo �todavía � no era el sentimiento más sobresaliente
en su emoción actual: sólo alarma y una específica
sensación de desconcierto, subrayada por una preparación
a la reacción, que la adrenalina, había dispuesto desde el
momento que despertó.
Observó el lugar: aquí y allá se extendían
peladuras de cebollas y papeles con los bordes quemados. El pequeño
habitáculo nada tenía que ver con los sitios que ella conocía,
ya que, la extraña forma que delimitaba las paredes con el suelo,
más bien pertenecía a un capricho arquitectónico que
a una necesidad matemática.
La única puerta de acceso a la habitación poseía un
agujero por el cual, seguramente, se podía ver el otro lado.
Se levantó lentamente, acercándose a continuación
a la puerta con la intención de observar por el agujero. Y vio algo
brillante y de color azul, que la asustó enérgicamente al
darse cuenta de que lo que veía no era otra cosa que un ojo, posiblemente
el de su secuestrador: una mirada cargada con la dosis justa de ira...
Veo como se
retira de la puerta rápidamente. Si, está asustada, muy asustada...
Se queda quieta observando; no, más bien mira expectante al agujero.
Inmediatamente
después fijó la vista en el pomo de la puerta, advirtiendo
su rotativo movimiento...
Acertó,
sabe que voy a entrar. Pronto verá como soy.
El pomo de
la puerta comenzó a girar lentamente acompañado de un chirrido
de bisagras. Una descarga eléctrica tensó todos sus músculos;
la espina dorsal parecía un conducto destinado a mandar tenazmente
señales de preparación al cerebro.
Pero la puerta interrumpió su movimiento. Ella aprovechó
esto para encararse con el desconocido. Agarró la puerta para abrirla
todo lo posible... de nada sirvió. Fuertemente la puerta cerrose,
cogiéndole certeramente los dedos de la mano izquierda.
Ahora si que estaba asustada... Y ¿qué era aquello que se
oía?. Sí, era un ruido procedente de debajo del suelo -¿un
sótano quizás?-. Sintió deseos de asegurarse: ¿Una
salida al exterior? Comenzó a buscar la hipotética trampilla,
desistiendo enseguida al comprobar que el suelo era firme por todos
lados.
Y esto la acabó por exasperar.
De nada servía ya complicarse con razonamientos para tranquilizarse.
También le daba reparo comenzar a gritar pidiendo ayuda, o
bien, miedo. Quizás al principio, cuando todo se tornaba más
increíble, hubiera cabido la posibilidad de parecer violenta, aun
a sabiendas de las complicaciones que esto conlleva. Interpretó
la situación como una extraña maquinación: ella no
era importante, no tenía dinero, no tenía nada que suscitase
el interés a los demás... En el estado actual de los acontecimientos,
el amargor de la soledad y la impotencia, formaron un circulo con demasiado
radio de acción y pasividad. El sueño � ajeno a todo- terminó
venciéndola por aquel día.
La contemplo
mientras duerme. ¡Dios, es tan atrayente!. Comienzo a masturbarme
teniéndola a ella como protagonista absoluta del acto. Me la imagino
desnuda, conmigo, vibrando ambos de placer, sudando por todos los poros
de la piel... Pero poco a poco, la misma presencia juzgadora de siempre
me obliga a interrumpir todo movimiento. Y una vez más experimento
repugnancia y desdén. La culpabilidad y la inseguridad me hacen
sentirme �otra vez- como un ser considerado peligroso y obseso.
Pero eso no es cierto.
Nadie, jamás, podrá decir que no sigo el verdadero camino
y la verdad omnipotente. Y mis obsesiones, siempre han estado en el terreno
de lo íntimo: en mi particular intimidad. Además, seguir
y creer en el Superior no pertenece a ninguna obsesión, ya que esto,
es componente esencial en todo hombre que se estime.
Y en toda mujer también.
Nuevamente tengo que agradecer a la luz el que me despertara de ese sueño
voluptuoso y desquiciante. Y me latigo la espalda, mientras rezo fervoroso
de alegría, porque así siempre me perdona. Sí,
tengo que dejar de pensar en ella porque podría arrastrarme al pecado.
Por ello debo castigarla por haberme provocado.
Va a tener el despertar más amargo de su vida.
Una patada
en la cara la volvió a la realidad. Después el hombre empezó
a abofetearla contundentemente gritándole adjetivos que dolían
en sí mismos más que los propios golpes. Luego, le rasgó
la camiseta, dejando los senos al descubierto.
-¡No
llevas nada... no llevas nada, zorra!.
La obligó a ponerse en pie, agarrándola después
por los largos cabellos para que andara en dirección a la puerta.
Ella aprovechó el impulso para salir corriendo sin dirección
alguna. Creyó ver a l final de un pasillo una puerta �una puerta
para salvarse- pero un ladrillo impactó contra su espalda haciéndola
caer al suelo de dolor y amargura...
- ¡No
vuelvas a hacerlo, zorra!
Volvió a incorporarla y a abofetearla con fuerza. Ella tratando
de defenderse, no hizo mas que agravar la situación, ya que, ni
siquiera tenía capacidad para adivinar de donde venían los
golpes. La rapidez de las manos en el procedimiento, era interpretada como
la precisión de una máquina creada en suministrar golpes
sin control.
El rodillazo propinado por ella...
�¡Toma rodillazo en los huevos!�- pensó mientras lo ejecutaba...
Nada, absolutamente nada. Una especie de armadura de hierro lo protegía
de toda contingencia física.
-Mal jugada,
puta... gritó él.
Perdió el conocimiento. Y viose andando por una calle llena de suciedad
y de vestigios de violencia y terror.
Sus ropas estaban desgarradas, así como la mayor parte de su cuerpo
y... alma. Llegó sin percatarse a una gran plaza atestada de gente
que gritaba al unísono la palabra �hereje�. Nada hizo. Tan sólo
contemplo atónita el espectáculo: un hombre atado a un grueso
poste, gritando desesperado, pidiendo ayuda, solicitando salvación...
pero el fuego � el fuego del infierno- lamía hambriento el cuerpo
del condenado.
Y naturalmente un verdugo.
Él, y solamente él.
Poco tardó
en recobrar el conocimiento. Las diversas contusiones esparcidas por su
cuerpo, se encargaron de que despertara prontamente de su agitado subconsciente.
Creyó imaginarse acostada en una especie de tabla. Y esto era real:
unas argollas oxidadas la sujetaban de brazos y piernas. Comenzó
a llorar desesperada. Tan sólo quería encontrar palabras,
palabras, palabras... pero nada venía a su mente. Palabras, palabras
para razonar, para sentirse viva y no muerta, para preguntarse a sí
misma por su negro destino.
Las lágrimas le empapaban los oídos por dentro, y esto no
le gustaba; las piernas y los brazos privados de movimiento, y los oídos
sordos ante su propio sufrimiento.
Entonces apareció él, vestido con una sotana de arpillera,
vieja muy vieja. De su cinturón colgaba un rosario, y de sus manos,
una cruz atada a una cuerda que se enredaba entre sus dedos.
- Hola hija...
- dijo él.
- (...)
- ¿Estás
dispuesta?
- (...)
- Sí
veo que sí. Entonces comencemos dijo él acercándose
lentamente,no sin antes coger del suelo una especie de verga gruesa y forrada
de piel.
- Ahora, antes
de contestar, piensa bien las respuestas, y responde con la máxima
franqueza. Recuerda que el Todopoderoso te está viendo y escuchando.
Si me mientes, y esto lo sabré inmediatamente, no tendré
otro remedio que castigarte. ¿Entiendes?.
- Sí...
contestó ella entre sollozos.
- Perfecto.
¿Cómo te llamas?.
- María.
Un fuerte golpe le templó el abdomen.
- Mientes.
María es sinónimo de omnipresencia y virginidad. ¡Y
tú eres una perdida.
- ¡No,
no, no... No me pegues más. Haré lo que tu quieras, pero
déjame por favor!,
- ¡Contesta
bruja, ¿Cuál es tu nombre?!.
�Necesito un nombre, maldita sea� pensó. Él la miraba con
los ojos muy abiertos esperando el maldito nombre.
Un segundo vergazo le marcó una línea roja en la pierna derecha.
- Eva. Me
llamo Eva. Como la pecadora...
- Luego, ¿reconoces
y admites ser una mensajera de libertinaje y maldad, de ser consecuente
en tu espeluznante misión de provocar con alevosa voluptuosidad?-
gritó él con los labios rebosantes de babas.
Era una pregunta demasiado larga, pero comprendió que había
que darle la razón; el juego se llamaba vencer o morir.
- Sí,
lo reconozco.
Su negro corazón
comenzó a palpitar con demasiada fuerza. La excitación le
hizo llevarse las manos al pecho, ya que, un indescriptible dolor le requería
pertinazmente, en un intento de aplacar con un masaje la intensidad de
los latidos. Clavó las rodillas en el suelo gritando, después
empezó a revolcarse por el suelo, preso del dolor, como si miles
de agujas invisibles se le clavaran por todo el cuerpo.
Un segundo, dos, tres...
Y de repente el silencio se hizo en su interior; los ojos se cerraron,
la boca comenzó a sangrar en su oscuridad... Después el silencio,
la nada, una brisa fría sin clara procedencia.
Un segundo, dos tres...
No se asustó.
Tan sólo lo observó detenidamente sin pensar en nada. Pero
a pesar de todo, deseaba encontrarse en otro lugar, lejos, muy lejos; que
los resquicios del hecho se desmoronaran convirtiéndose en líquido
que la tierra se tragara sin dilación.
Siento como
me observa. Me doy cuenta de su desnudez. No puedo moverme. Sé que
estoy muerto. No puedo pensar. No puedo moverme...
Todo era silencio.
Habían pasado muchas horas, quizás días. No estaba
segura del tiempo transcurrido. Las argollas ya tenían su molde
hecho en las piernas y los brazos y la sangre no dejaba de fluir. Lentamente
la vida se le escapaba, como el agua entre los dedos. Y volvió a
recordar que estaba sola, que no era importante, que los demás a
veces ni la advertían. Nadie vendría a buscarla... nadie.
Cerró los ojos y respiró el silencio.
Salió
del recinto lentamente. Sentía frío pero no le importaba.
Giró la cabeza, para verse a sí misma tumbada sobre aquella
tabla, con el rostro ya macilento. Tenía que dejar su cuerpo en
ese tenebroso lugar y tratar de aprender a volar. Se detuvo antes de dejar
que su alma se viese vestida por la luz del sol. Comenzó a vagar
sin rumbo, sin saber en donde estaba. El parque, la gente, lo que ella
conocía, había desaparecido. Todo era una superficie lisa
y brillante bañada por la luz del sol. Retomó su caminar
sin dirección alguna, esperando que el destino la viniese a buscar
para decirle en que lugar podría descansar al fin. Pero de momento
solo podía vagar, volar quizás, ansiando que su viaje hacia
ninguna parte, terminara pronto.