ANIKA. 17-mayo-2001
DEBAJO DE LA CAMA
La imagen que más le había
impresionado en toda su vida pertenecía a una película de
la cual no recordaba ni el título. Había una niña
tumbada sobre su cama. Poco más allá, a su izquierda, había
un espejo, y ella podía verse dormir. La luna reflejaba su imagen,
y cada noche, por aquello del miedo que atenaza a los niños, la
cría se miraba en el espejo y aprovechaba para ver si debajo de
su cama había algo de lo que debiera tener conocimiento. Tras ver
que no había nada se quedó tranquila. Unas escenas más
adelante volvió a hacer lo mismo y luego cerró los ojos.
Su mano cayó hacia el suelo. En un momento dado notó una
humedad viscosa en su mano lacia y abrió los ojos sin atrever a
moverse un ápice. Giró la cabeza hacia la izquierda y miró
el espejo. Bajo su cama había un hombre con ojos de sádico,
que lamía su mano con la boca sangrienta en un rictus perverso.
Aquella escena era la que más
terror le producía, pero ella no tenía un espejo al lado
de la cama para mirar si estaba sola en la habitación, y por más
que había pedido a sus padres que le pusieran un espejo estos siempre
le habían dicho lo mismo: no hay sitio. A un lado tenía el
balcón y al otro un armario y la puerta. No cabía esa posibilidad,
y ponerlo enfrente no tenía sentido.
De modo que Leticia miraba debajo
de su cama nada más entrar en la habitación, con las luces
abiertas y la puerta del cuarto abierta, por si tenía que gritar
y ser escuchada por sus padres. Una vez comprobaba que no habia nada, cerraba
la puerta para asegurarse de que nadie podía entrar, y tras leer
algunas páginas de un libro de la colección del Barco de
Vapor, se dormía con la luz de la lamparilla encendida. Más
tarde, como cada noche, entraría alguno de sus padres para darle
un beso en la frente y cerrar la luz. También cerraban la puerta
por expreso deseo de ella. Si antes no habían entrado, después
tampoco lo harían.
Una noche entró e hizo su
rutina habitual. Cuando terminó abrió el libro que estaba
leyendo, sus ojos consumieron ávidamente unas páginas y cayó
rendida. Su madre entró veinte minutos después, besó
su frente, cerró la luz y se marchó, dejando cerrada la puerta.
Leticia no pudo ver como media hora
más tarde el pomo de su puerta giraba lentamente. La puerta no chirribaba,
de modo que tampoco se enteró cuando ésta se abrió
lentamente y �algo� que no tenía forma ni color se deslizó
por el suelo sin hacer ningún ruido. Ella permanecía inerte
sumida en sueños cuando la sábana que la cubría comenzó
a deslizarse hacia sus pies. Un pequeño cosquilleo producido por
el movimiento de las sábanas hizo que moviera las piernas incómodamente,
casi en un arranque nervioso, pero no llegó a despertarla. Cuando
las sábanas terminaron en el suelo Leticia comenzó a tener
una pesadilla. Sus ojos, ocultos tras los párpados cerrados, se
movían rítmica y velozmente. Mientras tanto un ser invisible
a la vista humana, deslizaba parte de sí por las piernas desnudas
de Leticia, provocando que toda su piel se estremeciera y el bello de todo
su cuerpo se erizara. Un frio glacial recorrió sus pies, sus piernas,
su cintura, su pecho y sus brazos y terminó llegando hasta su rostro
como un suspiro mortal. Leticia sintió que el corazón se
le congelaba y abrió los ojos en un rictus de horror. Respiró
hondo y comenzó a hiperventilarse mientras sus manos se agarraban
fuerte a la sábana de fondo. Cuando logró aminorar la velocidad
de su respiración y su corazón volvió a su número
de palpitaciones habitual, Leticia parpadeó un par de veces más
y se centró. Algo fallaba. No era solo la pesadilla que le había
despertado, había algo más. Era un presentimiento. En un
moviento tan rápido como el miedo le permitió, encendió
la luz de la habitación.
Sentada aún en la cama se
miró las propias piernas y encontró la respuesta a su pregunta.
La sábana que cubría su cuerpo ahora no estaba. Miró
a un lado y otro de la cama sin apenas mover más músculo
de su cuerpo que el del cuello, y no encontró la pieza que faltaba.
De un bote se puso de rodillas y se acercó hasta los pies de la
cama. Allí abajo, de forma circular, estaba toda la sábana
que debía haber estado cubriendo su cuerpo. Comenzó a sentir
otra vez el miedo que la había hecho hiperventilarse y su respiración
volvió a agitarse. De haber sido asmática ya habría
sufrido un ataque. Era una suerte ser una niña sana. Si hubiera
tenido setenta años probablemente aquella noche habría muerto
de un ataque al corazón.
Alargó el brazo para recuperar
su sábana y se la echó por encima. Todavía luchaba
por recuperar también la serenidad. Tenía tanto miedo que
apenas le salió un susurro de la boca cuando creyó estar
gritando �mamá�. Su carne de gallina y su bello erizado no la tranquilizaba
en absoluto. Tras gemir comenzó a llorar. Si las palabras no salían
de su boca, tendría que ir hasta la habitación de sus padres
para dejarse consolar... y aquello también le provocaba pavor. La
habitación estaba dos cuartos más allá, al fondo del
pasillo. Pero si quería que hubiera alguien con ella hasta que consiguiera
volver a dormirse, tendría que salir de su propia habitación.
Con todo el valor que una niña de doce años podría
tener, Leticia localizó primero las zapatillas para ponérselas
lo más rápido posible y salir corriendo de allí. Pensó
que si corría llegaría antes a la habitación de sus
padres y podría meterse entre ambos para recuperar la tranquilidad
y el sueño. Sólo sus padres tenían esa capacidad de
devolverle la paz. Ella era muy joven, no podía hacerlo todo sola.
Necesitaba dos adultos a los que amaba y en los que confiaba.
Decidida, tras localizar sus zapatillas,
se abrazó a la sábana, se calzó y corrió hacia
la puerta de su habitación. Fue entonces, cuando al alargar el brazo
para abrir el pomo, se dio cuenta de que la puerta estaba abierta. El miedo
la paralizó de nuevo y sus ojos bailotearon de terror. No se atrevía
a girarse y en el umbral permaneció el tiempo que a ella le pareció
una eternidad. Sus pies no se atrevían a dar un paso más.
Comenzó a hiperventilarse de nuevo y sintió marearse, y en
un arranque último de valor extendió el brazo y abrió
la luz del pasillo. ¿Iba a morir de miedo? Aquella duda consiguió
que echara a correr hasta la habitación de sus padres pero fue tan
rápida y torpe que se estampó contra la puerta semiabierta.
Cayó al suelo y se dañó
un tobillo, pero provocó el suficiente ruido como para que su padre
se despertara y abriera la luz.
- ¿Leticia?
La niña alzó su rostro
poco a poco. Primero vio las baldosas del suelo, luego llegó hasta
las zapatillas de su padre, y entonces miró debajo de la cama de
matrimonio.
Antes de que la habitación
comenzara a darle vueltas y cayera al suelo había podido ver que
debajo de la cama de sus padres estaba su madre sobre un charco de sangre
y un ser etéreo, como el cristal, al cual sólo se podía
con los ojos de la infancia, lamía la barbilla sangrienta de su
madre.
FIN.
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Anika. Ciberanika.com