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Allá
en los remotos tiempos de principios del siglo XVIII
los
ríos eran caudalosos y permanentes, como el río de Santiago
y el el río Españita; muchas eran las circunstancias a las
que se debía los caudales de agua, tales como que las lluvias eran
constantes, en cada temporada, la flora era exhuberante, y no había
presas que contuvieran el vital líquido. Cuando se rebosaban los
rios, la ciudad se inundaba, llenándose las corrientes naturales
que eran tres principales, la de San Miguelito, la de San Sebastián
y la llamada corriente; estos desbordeamientos hacían intransitables
las calles. Los minerales de San Pedro eran traídos a la ciudad
donde se beneficiaban; los residuos o jales formaban montículos
en diferentes partes, esto hacía más problemática
la inundación porque impedía el paso regular de las aguas,
agregando a esto, la circunstancia de que por entonces no había
drenajes. Los minerales de Cerro de San Pedro estaban en auge y como llegaban
muchos buscadores de oro, el comercio era próspero. Las autoridades
dispusieron el arreglo de dos principales corrientes, una de ellas venía
por el suroeste y formaba permanentemente lo que se llamaba Los Charcos
de Santana.
Por aquellos
tiempos llegó a San Luis una bella mujer, se decía que
procedente del Real de Charcas, a quien sus padres habían querido
educar en la mejor Escuela del lugar; que era de muy buenos modales; dada
su singular belleza y su bien formada educación pronto fue cortejada
por muchos galanes, de tal manera que pronto contrajo matrimonio con
el hijo de un próspero minero. No obstante su nuevo estado,
seguía siendo cortejada por hombres que no dejaban de admirar su
belleza, y así un dia cedió a las propuestas de un apuesto
galán.
Cuando el esposo
se enteró quiso vengar la afrenta y con ese proposito llegó
a su casa en el momento en el que se encontraban juntos los amantes, pero
ella
en un momento decisivo mató a su esposo y al amante deshaciéndose
de los dos. Huyendo de la justicia llegó a San Luis donde se
dedicó a la vida galante. Poco tiempo después le nacieron
dos bellos gemelitos, que ella cuidó con esmero hasta la edad
de un año, tiempo en que se dio cuenta que mucho le estorbaban y
en más de una ocasión pensó en deshacerce de los pequeños.
Por fin un
día en que el calor era sofocante, se fue a bañar a Los Charcos
de Santana llevando consigo a los dos niños; una vez dentro del
agua los soltó, llevándoselos la corriente, inmediatamente
se arrepintió y quiso salvarlos pero ya no le fue posible y ella
misma estuvo a punto de ahogarse; gritaba pidiendo salvaran a sus hijos
pero sólo pudieron salvarla a ella, a quien sin sentido se la llevaron
al hospital.
Cuando volvió
en sí pedía a gritos, desesperada, como loca, le salvaran
a sus hijos; por fin, ya restablecida se pasó el resto de sus
años buscando en Los Charcos de Santana, en las corrientes, en el
río de Santiago a donde desembocan todas las corrientes de San Luis,
siempre buscando a sus hijos, culpándose de haberlos ahogado. Esto
dice la historia, y la leyenda sigue.
La leyenda
de La Llorona es de tradición nacional; forma parte de nuestro folklore
y tanto en México, Capital de la República, como en casi
todas las provincias del País, tienen una versión particular
de esta leyenda. Con frecuencia los hechos de este personaje se desarrollan
en las cercanías de un rio, o de una laguna, o en un día
de lluvia; el caso es que siempre hay agua de por medio. Esta Llorona
difiere de las demás en algunos aspectos, por eso es nuestra Llorona
Potosina.
Por calles
estrechas de la ciudad, apareció una mujer con albo vestido y manto;
al caminar dejaba una estela que emanaba reflejos luminosos. Deambulada
generalmente después de las doce de la noche, aunque no siempre
como fantasma, porque cuando se dejaba ver, normalmente tenía todo
el aspecto de una persona común y corriente, si bien no era usual
que una dama caminara sola a esas horas. Los caballeros noctámbulos
la saludaban y ella contestaba con gracia, siguiendo apresurada su camino.
Dicen los que
dicen que conocieron a los que dicen haber hablando con los que la conocieron,
que tenía un rostro hermoso y melancólico. Tiempo después
de que pasaron ciertos acontecimientos que diremos en el curso de esta
narración, se llegó la conclusión de que ella era
una persona conocida en ciertos círculos sociales con el nombre
de Lucía, ya que de día visitaba a personas amigos que sospechaban
que era la Llorona. Ocurría la coincidencia que siempre que esta
mujer paseaba por las calles hacia al rio Santiago en las orillas de la
Ciudad, se oía el prolongado y lastimado grito de ¡Aaaayyyyyyy
mis hiiiiiijjjooooossss…! Una y otra vez. Al día siguiente la
gente comentaba: “ Que cosa más curiosa y casual, anoche encontré
por una estrecha calle del rumbo de Santiago a Lucía y al perderla
de vista escuché un llanto semejante al que dicen que hace la Llorona”.
Y otras personas comentaban “Yo también escuché un lamento”,
Yo también… esto sucedía con bastante frecuencia.
Cierta vez
en la que se organizó una tertulia en la casa de la familia Zarzosa
donde se habían reunido varias amistades, estaba también
Lucía; se veía contenta, hasta risueña, no obstante
algo extraño reflejaba su rostro, algo como una preocupación
o un lejano recuerdo que la entristecía. Iba sola, como siempre
que asistía a cualquier lugar; no se le conocía pariente
alguno, vivía sola en una casita en los aledaños del barrio
de Santiago al norte de la ciudad, muy cercana del rio del mismo nombre.
Nunca se supo el origen de Lucía; era una mujer joven y bella, envuelta
en un bajo misterio; ella nunca habló de su procedencia, tal vez
porque nadie se lo preguntó.
Eran las doce
de la noche, muy tarde para aquellos tiempos en que la gente acostumbraba
a recogerse temprano, quizá porque las calles no estaban iluminadas
como ahora y la vida era lenta y tranquila. Lucía se despidió
de las personas reunidas en la tertulia. No bien había salido
de la casa cuando se dejó oir un lamento largo, tenebroso clamando
por sus hijos. Todos los que permanecieron en la casa referida quedaron
como petrificados, paralizados por el terror; hubo un largo silencio. Cuando
pasó el pánico y volvió la tranquilidad algunos comentaron
“y la pobre de Lucía se fue sola”… Alguien dijo en tono de
broma: “¿No será ella misma la Llorona?” Todos se
rieron porque el chiste les hizo gracia, menos una mujer que tenía
dotes de clarividencia y que ya había notado en Lucía algo
extraño, algo que le hacía sentir como que no perteneciera
a este mundo, que aquí estaban purgando una pena. La clarividente
sabía que Lucía bien podía ser la mismísima
Llorona.
Una noche cerrada,
en que no brillaban las estrellas, una de esas noche en que el frio es
intenso y la lluvia pertinaz, asistió Lucía a una de esas
acostumbradas tertulias provincianas, amenizada con piezas de violín,
piano, cantos; nutrida con exquisitas viandas y endulzada con variados
postres. Un elegante joven, ataviado con traje de fina procedencia inglesa,
vio a Lucía por primera vez y quedó impresionado ante su
extraña belleza, cuyo rostro resaltaba emergiendo de un ropaje coloreado
en varias tonalidades de azul cobalto envuelto en una capa tornasol bordada
con perlas. El joven elegante miraba demasiado extasiado aquella belleza
etérea.
Llegó
el momento en que Lucía debería retirarse, él se ofreció
para acompañarla a su domicilio, a lo cual accedió ella después
de insistentes ruegos tanto del joven como de los anfitriones. Subieron
al coche tirado por un caballo y tras de caminar un rato, cuando se
oyeron sonar a lejos doce campanadas, Lucía dijo de repente:
“aquí me bajo, alguien me espera“; Y sin hacer parar el coche
bajó de él y tendió un vuelo tenue, con su vestido
luminoso, casi pegado al suelo. Enseguida se escuchó el grito lastimero:
aaaaaaaaaaaaaaaayyyyyyyyyyyyyy
mis hiiiiiiiiiiiiijjjjjjjjjjjjjjooooooooooosssssssssssssssss…!
Que se
perdió en la distancia, en medio de la lluvia nocturna.
El joven quedó
paralizado de miedo, después dio un fuerte chicotazo al corcel y
a carrera tendida se alejó de ese lugar. Contó a todos lo
acontecido, unos le creyeron, otros no, pero la verdad es que Lucía
jamás volvió a aparecer por ningún lado.
Sin embargo,
hay quienes aseguran que todavía hoy, han oído el triste
lamento de la Llorona Potosina.
ESPERO QUE
LES HAYA GUSTADO, ESTA ES LA LLORONA POTOSINA Y A MUCHA HONRA SE LOS DEJO
SABER!!!!
Así
que tengan cuidado si al venir a San Luis Potosí, en una noche silenciosa
y oscura escuchan un llanto lastimero y largo recorriendo las calles, ese
puede ser un indicio de un encuentro con la llorona de San Luis Potosí.
Ady (San Luis
Potosí, México) |