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¡¡¡Hola
Kruela!!!, aquí te dejo otra leyenda de la Ciudad de San Luis Potosí,
el edificio que se menciona en la leyenda (El Edificio Ipiña), está
lleno de locales comerciales en la planta baja y arriba es ocupada por
diferentes oficinas y despachos contables, es un edificio de arquitectura
antigua así que todo puede pasar en ese lugar :)
La
Maltos
Una de las
leyendas clásicas más apasionantes de México, es sin
duda éstas cuyos hechos se desarrollaron en la muy leal, noble y
aurífera ciudad de San Luis Potosí.
Desde su fundación
ha sido un lugar de población numerosa, porque a raíz del
descubrimiento de las minas de San Pedro muchos buscadores de oro llegaron
atraídos por tal acontecimiento. La ciudad potosina fue fundada
por el Capitán Miguel Caldera, Don Juan de Oñate y Fray Diego
de la Magdalena, quienes le pusieron por nombre San Luis en homenaje al
Santo Rey de Francia. Ellos trazaron los primeros lineamientos de la Ciudad,
la casa de Gobierno y sitios destinados a parques y mercados. Poco a poco
fue creciendo hasta llegar a ser, hacia 1700, la importante ciudad en cuyos
años transcurrieron los acontecimientos de esta leyenda.
La mayoría
de los habitantes era gente sencilla, vestían indumentaria típica;
faldas largas de manta, sayales, rebozos, cobijas, pantalón de manta
o de cuero, según las posibilidades de cada quién; asimismo,
había señores de casaca y chambergo, en casos especiales
usaban sombrero tricornio. Era una abigarrada población en la que
había personas de todas clases socioeconómicas, pero se distinguían
básicamente dos: los patrones de hacienda u los peones, servidores
que a veces llegaban a ser esclavos.
En el sitio
que hoy ocupa el magnífico edificio Ipiña, había un
pequeño manantial; como el agua ha sido en San Luis un líquido
preciado, alrededor de dicho manantial germinó una enorme huerta,
donde se erigieron diversas construcciones coloniales; cuartos amplios,
alta techumbre, corredores, soportales de arquerías. Una de esas
casas precisamente se destinó para recluir, aunque de manera
provisional, a las personas que tenían la desventura de caer
en manos de los inquisidores donde eran interrogados, torturados y
por fin recibían la sentencia que les aplicaban por herejía,
lectura de libros prohibidos, prácticas de sectas religiosas y hechicería.
Una mujer de
muchas agallas, conocida como la Maltos, tuvo su residencia oficial
en la casa que acabamos de referir. Se decía que dicha mujer
practicaba la brujería, espiritismo, magia negra, y otras costumbres
que hoy no son perseguidas; inclusive a muchas personas cultas les ha dado
por investigar.
Por paradójico
que parezca, La Maltos llegó a obtener mando de inquisidora que
en aquellos tiempos significaba tener mucho poder, tanto, que a cualquier
persona que esta mujer quisiera perjudicar, bastaba que la acusara de
alguno de esos delitos tan perseguidos para hundirla, ya que sin más
investigación, se le aplicaba tormento y muchas veces era deportada
o se le mataba en las mazmorras de dicho edificio.
El sólo
nombre de La Maltos infundía pavor, pues interrogaba a los reos
con lujo de crueldad y gustaba de sacrificar personalmente a sus víctimas.
Como además sabía malas artes, decían que tenía
pacto con Satanás; en fin, era una mujer diabólica. Por todo
eso la gente le temía, aún los políticos y personas
de renombre, quienes preferían tener amistad con ella en lugar de
tenerla como enemiga, porque ya fuera en forma de acusación o por
sus brujerías, estaba en condiciones de perjudicar a quienes ella
quisiera.
Se dice que
hacía aparecer en el interior de sus aposentos caballos negros,
perros descomunales y hasta lobos, así como carretelas tiradas por
caballos. Se cuenta que solía salir por las calles de la ciudad
a horas altas de la noche en un carro tirado por briosos caballos, lo cual
hacía de la siguiente manera: en el muro de su habitación
dibujaba un coche tirado por dos enormes caballos, se colocaba en el supuesto
asiento delantero empuñando simuladamente las riendas, pronunciaba
unas palabras cabalísticas y ordenaba a los caballos arrancar; entonces
cobraban vida, carruaje y corceles, mismos que en forma estrepitosa salían
a rodar por las empedradas calles de la ciudad, sacando enormes chispas
de fuego: recorría los caminos envuelta en llamas y la gente decía
santiguándose: “ Allí va La Maltos, la mujer infernal,
la bruja “.
Sus fechorías
no tenían freno, a tal grado que se complacía en destruir
altas personalidades. Al fin La Maltos cometió un error grave de
funestas consecuencias; ocurrió que se extralimitó en
una ocasión al sacrificar a dos personas de mucha influencia política
y económica.
Entonces el
alto mando inquisidor dio orden de arrestarla y enviarla a la Ciudad de
México. La policía rodeó la casa donde vivía
La Maltos, las autoridades entraron a capturarla, nada podía hacer
que escapara de aquella sentencia; entonces se refugió en el último
reducto que era su amplia habitación; pero hasta allí llegó
un jefe de la policía acompañado de dos subalternos; la inquisidora
destronada no tuvo mas remedio que entregarse humildemente diciendo:
- Ha llegado
la hora de perder, no puedo resistirme ante la fatalidad, aunque mis poderes
no se han menguado, pues cuento con facultades que me han otorgado los
dioses y está en mi mano destruirlos en este momento, si así
fuesen mis deseos; no obstante debo obedecer los mandatos de fuerzas superiores
y me entrego a vosotros. ¿Puedo pedirles un favor, una gracia?
Al ver la tranquilidad
de la reo, quedaron asombrados los hombres que iban con la misión
de aprehenderla y el Jefe de la Policía le contestó:
- No es culpa
nuestra, nosotros sólo obedecemos órdenes superiores y créame
que en este momento quisiera ser yo el que ejecutarse esta orden: mas me
ha tocado en suerte venir a realizar algo que no quisiera, presentarla
ante la justicia mayor, para que sin duda se cumpla la sentencia a la que
habéis sido acreedoras.
- Nada temáis
y no os preocupéis por mí; no cobraré venganza contra
vosotros, pero ¡ay del que haya sido causante de mi mal! tendrá
que arrepentirse mil veces; en fin, llevad a cabo vuestra tarea; el tiempo
apremia. Mas cumplidme sólo este último deseo: quiero dejar
aquí, en este salón, un recuerdo imperecedero; haré
un hermoso dibujo.
La hechicera,
con el dedo índice de la mano derecha, trazó en la pared
primero los contornos de una carroza, luego las ruedas, las portezuela
y dos grifos gigantescos que la jalaban; al conjuro de unas palabras cabalísticas,
la carroza parecía moverse. Sonriendo la Maltos volteó hacia
sus aprehensores diciéndoles: “Os invito a que viajéis
conmigo por lo ancho y largo de los continentes conocidos“. Ante la
mirada estupefacta de los hombres armados, que permanecían como
clavados en el piso, subió ágilmente y la carroza se fue
perdiendo en un horizonte sin límites.
Salieron despavoridos
el jefe policíaco y sus ayudantes a narrar lo acontecido pero, por
supuesto, nadie les creyó. Lo cierto es que nunca más se
volvió a saber de la Maltos.
QUISIERA HACER
UNA REFERENCIA DE ESTA HISTORIA:
UNA AMIGA MIA
TRABAJABA EN ESTE EDIFICIO IPIÑA DONDE SUCEDIO ESTE HECHO, ELLA
ERA SECRETARIA, ALGUNAS OCASIONES ME CONTABA QUE EN ESE LUGAR HABIA ALGO
MUY RARO, PUES DE PRONTO ESCUCHABAN PERSONAS HABLAR EN UNA HABITACION CONTIGUA
QUE ESTABA VACIA, O VEIAN PERSONAS SUBIR POR LAS ESCALERAS YA CUANDO EL
EDIFICIO ESTABA CASI VACIO. SI BIEN YO NO SOY TESTIGO DE ESTAS COSAS NO
CREO QUE MI AMIGA HAYA SIDO CAPAZ DE CONTARME ALGUNA MENTIRA.
¿Qué
les dije?, ese edificio es raro, así que nunca intenten entrar en
él, sobre todo pasadas las 6 de la tarde cuando empieza a oscurecer.
Ady ( San Luis
Potosí, México) |