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Esta
leyenda, cuyo título podría ser también el de “La
Enfermera visitante“, hace recordar a muchos potosinos episodios de misterio,
originados hacia finales del siglo antepasado.
El antiguo
Hospital se encontraba entre los barrios de El Montecillo y de San Sebastián,
cerca del costado sur del Templo de San José (en la cuidad de San
Luis Potosí, México). Cuenta la conseja que en dicha institución
entró a formar parte del personal una enfermera llamada Eulalia,
de buena presencia, quien desde luego dio muestras de profesionalismo y
diligencia; por lo tanto, se captó la simpatía y el aprecio
del personal médico y administrativo.
Eulalia repartía
su tiempo entre su trabajo en el hospital y en atender a su familia que
consistía en su madre y dos hermanos menores. Llevaba una vida tranquila,
sosegada y, al mismo tiempo, activa; nada perturbaba el horizonte de esta
eficaz mujer, hasta que un día ingresó al hospital un
joven médico, apuesto, de nombre Joaquín. Era costumbre
en el Hospital que cuando llegaba un nuevo médico, el Director reunía
al personal para presentarlo; ese día Eulalia estaba atendiendo
a un paciente, mas hubiera podido dejar su trabajo un momento, suficiente
para ser presentada al recién llegado, pero no quiso asistir al
llamado del Director. Al anochecer, cuando llegó a su casa, refirió
a su madre:
- Hoy llegó
al Hospital un nuevo médico; aunque no lo conozco ya me imagino
que es uno de esos recién salidos de la escuela, fatuos y orgullosos,
que ven a una como inferior; pero ya verá.... ya verá....
- Hija, es
la primera vez que te oigo hablar así ¿te ha ocurrido algo?
- No, nada,
nada en realidad; bueno, he tenido algunos contratiempos sin importancia.
Al día
siguiente, Eulalia fue solicitada para auxiliar al nuevo médico,
en la extracción de una bala de la pierna de un herido. Desde
el primer momento en que la enfermera vio al doctor, quedó prendada
de él, a grado tal que no acertaba a darles los instrumentos
debidos. A medida que pasaba el tiempo, ella se enamoró apasionadamente
del galeno, en cambio él no mostraba el mismo interés. Sin
embargo, pasados algunos meses, Eulalia y Joaquín se hicieron
novios. Ella sintió que por fin se estaban realizando sus aspiraciones,
se veía feliz y en torno a ese amor giraba toda su existencia, pero
él no mostraba la misma pasión que ella. Los años
transcurrían y en el Hospital continuaban de novios el médico
y la enfermera.
Un día
de tantos, dice Joaquín:
- Eulalia,
estoy invitado mañana a una recepción; no tengo ropa adecuada
pero un colega me la va a prestar; como tú sales antes que yo hazme
un gran favor: te llevas la ropa a tu casa y si me lo permites, allí
me cambiaré. ¿Te parece bien?
- Con todo
gusto lo haré Joaquín; vas a ir a tu recepción hecho
un príncipe, te verás muy guapo.
Como acordaron,
al día siguiente Joaquín llegó a la casa de Eulalia;
ya vestido en traje de etiqueta, charla un rato con su novia y, al despedirse,
le dijo:
- Olvidaba
decirte que asistiré a un seminario de medicina interna; será
cuestión de unos quince días.
Pasó
algún tiempo que a la enfermera se le hizo eterno, sin recibir noticias
de su novio. Un día, un empleado del Hospital que anteriormente
la cortejaba, le declaró su amor pero Eulalia le contestó:
- Soy la prometida
del doctor Joaquín, no creo que usted lo ignore.
- Pero Eulalia,
su doctor tardará mucho tiempo en regresar de su viaje de bodas;
¿no sabía usted que se casó en la fecha que renunció
a su trabajo en este Hospital?
Eulalia
jamás pudo recuperarse de la decepción que le causó
el engaño, por más que se decía a sí misma:
“debía darme cuenta que él nunca me quiso de verdad; no
debo abatirme”. Pero lo cierto es que siempre sufrió por el
perdido amor, aun cuando tanto su trabajo como atender su casa, absorbían
la mayor parte de su tiempo. Jamás volvió a enamorarse de
otro hombre, ni tuvo novio alguno; siguió dedicándose
a su profesión, pero ya no era la misma enfermera activa, dinámica,
capaz. Se dice que descuidaba a los enfermos, que se volvió demasiado
estricta con los demás, que se llenó de amargura. Llegó
a tal punto su indiferencia, que aun dentro de su turno desatendía
a los pacientes y en más de una ocasión, algunos murieron
por su negligencia.
Años
después se inauguraba un flamante hospital con el nombre del Dr.
Miguel Otero, en la que hoy es Avenida Juárez; a este hospital pasó
la mayor parte del personal del antiguo Hospital Civil; entre ellos estaba
Eulalia. Transcurrió el tiempo y la enfermera Eulalia, tras una
penosa enfermedad, murió en el mismo hospital donde trabajaba.
Se cuenta que
en este hospital se aparecía una enfermera pulcramente vestida de
blanco y que de vez en cuando, atendía pacientes.
Mucho después
se fundó en la ciudad el Hospital Central Dr. Morones Prieto, al
cual pasó parte del antiguo personal del Hospital Miguel Otero.
Una mañana
entra una de las nuevas enfermeras al cuarto de un paciente y lo saluda:
- ¿Cómo
esta? ¿Cómo pasó la noche?
- Bien, gracias
a Dios y gracias también a la enfermera que además de darme
la cucharada, me dio el elixir que me hizo mucho bien.
- ¿Y
a qué hora sucedió eso? – preguntó extrañada
la enfermera.
- Como dos
horas antes de que usted llegara.
Aun cuando
la nueva enfermera sabía que no podía ser, nada dijo al paciente;
salió del cuarto a continuar su trabajo. Otro día uno de
sus pacientes le dice:
- Anoche me
dolió mucho la cabeza, pero una enfermera me dio una pastilla y
se me quitó el dolor como por encanto.
- Ah, ¿Sí?
¿Cuándo le dieron la pastilla?
- Tal vez
en la madrugada.
A la hora de
comer, quería comentar esto con la enfermera Elena Wong Rivas, amiga
suya, quien con mucha naturalidad le dijo:
- Ah sí.
Seguramente es “La Planchada”; le decimos así porque siempre anda
muy almidonada, con la bata bien planchada, jamás se le arruga no
se le ensucia, sí, también se aparece en los pasillos y se
introduce en los cuartos de los pacientes. Una vez, en un cuarto donde
había pacientes, ahí en la sección de mujeres, yo
debía inyectar a una de ellas; mi sorpresa fue grande cuando me
dijeron, al preguntar por qué estaba dormida una de ellas:
- La acaban
de inyectar, un poco antes de que usted entrara.
- ¿Quién
la inyectó?
- Una enfermera
vestida de largo, son su ropa bien almidonada.
La nueva enfermera
siguió con la duda, aunque su amiga le había referido que
se trataba de La Planchada. Estaba verdaderamente intrigada, hasta que
al fin pudo platicar ampliamente con otra amiga suya, la enfermera Conchita
Armendáriz Hernández; tras de contarle sus experiencias en
relación con la enfermera fantasma, Conchita le dijo:
- Pues sí
es verdad, yo la he visto y algunos médicos también. Figúrate
que un día llegó un Doctor nuevo, joven distinguido y de
porte aristócrata, quien a salir de su consultorio, nos encontramos
en el pasillo y me dijo:
- ¿Quién
es esa enfermera que entró a mi consultorio sin mi permiso, se sentó
frente a mi escritorio saludándome y llamándome por mi nombre?
- Como ve,
no hay nadie, Doctor. Pero no se preocupe, es La Planchada.
En el Hospital
Central “Dr. Morones Prieto”, se han acostumbrado a ver deambular por los
pasillos, o saber que ha entrado en los cuartos de algunos pacientes, a
una enfermera con su vestido largo blanco, impecable y almidonado.
Nadie duda que alguna vez haya asistido como ayudante en las operaciones
que los nuevos médicos practican en el quirófano; ese sitio
que en el antiguo Hospital donde trabajó Eulalia, se llamaba “ Sala
de Operaciones”.
Ady ( San Luis
Potosí, México ). |