| Lunes 8 de agosto de
�.
El sujeto está
tranquilo esta mañana. Se le despierta para darle el desayuno compuesto de
leche, café y pan y se le recuerda que es lunes, día de �ejercicios�. Como el
lunes pasado reacciona frunciendo el ceño y los labios, y en su mirada puede
verse ira. De nuevo hay que recordarle que es por su bien, pero él no parece
estar convencido de mis palabras.
Se le ata a la cama
con las correas como medida preventiva para que no pueda zafarse de los
electrodos que hemos puesto alrededor de su cuerpo e inclinamos la camilla de
forma que pueda ver lo que le muestro.
El sujeto me mira con
odio. Esta muestra de ira no es más que un muro de contención para el resultado
del experimento. Levanto la primera fotografía y se la muestro: en ella aparece
una cabeza cortada.
El sujeto reacciona
gritando.
- ¡Yo no lo he hecho!
¡YO NO LO HE
HECHO!
Se le muestra una
segunda fotografía de un miembro viril metido en un vaso de agua y reacciona
nuevamente con un grito.
- ¡No fui
yo!
Ahora gruñe de una
forma espantosa y hace tambalearse la camilla, tal es su fuerza. Esta oposición
al ejercicio mediante la bravura irascible del sujeto me pone en un aprieto así
que tomo la determinación de usar los electrodos.
Primera descarga. El
sujeto chilla y sufre espasmos pero luego se tranquiliza. Se le muestra una
tercera fotografía: la niña descuartizada sobre la cama.
El sujeto
prácticamente gime las palabras �yo no he hecho esa barbaridad� y se le
incita a que cambie su postura. Sólo cuando consigamos la �verdad� podremos
dejarlo tranquilo, se lo recuerdo. El de nuevo niega ser el autor de los
hechos.
Se le van mostrando
fotografías varias de distintas épocas, algunas incluso de hace cincuenta años,
cuando debía ser un niño. El sujeto grita, despotrica, se enfurece y llora. Debo
usar más descargas para que se tranquilice y conforme pasan las horas su cuerpo
parece más tenso. No hay forma humana de conseguir la admisión de los hechos así
que se continúa el ejercicio hasta las tres de la tarde. En ese tiempo no se le
da almuerzo ni comida. Está exhausto. Hoy admitirá los
hechos.
Se le muestra una
nueva fotografía, ésta de un mendigo. El sujeto reconoce a la víctima y
llora.
- Era mi amigo�-
susurra- ¿Cómo iba a hacer yo algo así?... vivíamos juntos, compartíamos
callejón y vino� ¿cómo iba a hacer yo eso? Yo le quería como un hermano� éramos
infelices juntos� compartíamos la miseria de la calle� hablábamos del día a día,
jamás del pasado que nos llevó a mendigar, o del futuro que sabíamos que quizás
nunca sería mejor... Yo jamás haría eso a un amigo�
Tras su monólogo se le
hacen varias descargas seguidas y el sujeto grita como un poseso, se le enciende
la mirada, aúlla, su vello se eriza, sus ojos se inyectan en sangre, patalea y
mueve cada músculo en una furia constante a costa de las correas, suda como un
cerdo, profiere berridos, babea.
El sujeto termina
exhausto, su cuerpo laxo y la mirada perdida.
Se le muestra
finalmente una vieja fotografía de un asesinato ya resuelto veinte años
atrás.
- Sí.
- ¿Cómo
dice? -
Sí. Yo lo hice.
Gran satisfacción. El
sujeto ha admitido crímenes que no ha cometido. No ha sido posible convencerle
de que es por su sanación. El sujeto se sabe cuerdo. Lo que le ha llevado a la
admisión de los crímenes son los �ejercicios�.
Pronuncio finalmente
mis últimas palabras:
- Adiós (cuando la oye
sabe que es para siempre) y gracias por todo.
El sujeto saldrá
mañana de la clínica. Lo dejaremos de nuevo en la calle, donde lo recogimos y le
permitiremos vivir en paz. No tememos repercusiones, el miedo le impedirá
acusarnos. El ejercicio ha sido fascinante.
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