| Le saqué de la institución psiquiátrica
porque en el fondo trataba de rebelarme. Mis padres me ocultaron su destino pero
él estaba vivo, y vivía enclaustrado en una edificación con barrotes. ¡Qué
maldad la de mis padres!, pensé entonces. Me creí valiente, generoso, honrado y
hasta me sentí orgulloso de mí mismo... nada podía hacerme cambiar de opinión...
pero desconocía todo acerca de su enfermedad y fue un error llevar a Pedro
conmigo. Sin embargo lo hice. Pedro había sido mi amigo y mi vecino durante mi
infancia. Al morir sus padres los míos se hicieron cargo de él, pero un día
desapareció y me quitaron al único amigo y hermano que tenía.
¡Cómo había cambiado Pedro! No fue fácil
hacerle entender que el mundo, fuera de aquella institución, vibraba de
emociones. Lo había olvidado todo. Recordarle nuestros juegos de infancia fue
divertido, pero reincorporarle al mundo real era todo un reto. Además nuestra
aventura no duró mucho tiempo, pero yo me creí una especie de super hombre
capacitado para cualquier tarea, y Pedro confió en mí. Más no podía pedir. Me
sentí exultante aquella semana paseando a Pedro por Madrid. El coche casi nos
llevaba solo. Mis manos podían estar al volante pero mis ojos veían la ciudad
por primera vez. Y mi boca..., mi boca le explicaba las cosas con una mezcla de
pasión y pedantería que sólo hoy soy capaz de reconocer. Era mi amigo y tenía 22
años, pero para mí era como un bebé al que había que enseñarle todo. Me sentí un
padre felizmente prematuro. Cualquier detalle nimio de mi vida le parecía una
aventura, desde comprar unos vaqueros, unas zapatillas y una camiseta, hasta
leer el periódico en un bar con una cerveza y un paquete de cigarrillos. - Luis -me dijo una de esas mañanas en
que sentados en la terraza de un bar yo repasaba el periódico-, esto me gusta.
Es como el parque de casa.
Seguía llamando �casa� al centro psiquiátrico. Me henchí de orgullo al pensar
que yo, su amigo, su hermano, su ángel de la guarda, iba a darle todo lo que
necesitaba, y supe que algún día llamaría �casa� a nuestro piso. No, no me
dolió, mi instinto de superación y mi rebeldía me aseguraban un éxito cantado.
Pedro volvería a nacer, a crecer y a educarse, y yo sería su padre y su
hermano.
El tercer día de nuestra vida en común,
cuando Pedro ya lucía su ropa nueva, le llevé al Retiro. Allí me mostró una
emoción propia de los niños. Podía ver en él las mismas señales que ví durante
nuestra infancia. Le reconocí y eso me emocionó.Miraba todo con una curiosidad
desbordante, y corría de un sitio a otro con la ilusión de tocar las maravillas
que descubría a su paso. Así conocimos a Amanda. Ella, como al menos siete más de sus
compañeros, trabajaba en el parque del Retiro de estatua viviente. Lucía un
traje de romana que bien podría ser una sábana enrollada en su cuerpo, y de pies
a cabeza iba pintada de blanco y gris. Era una profesional y admiré su capacidad
de no moverse un ápice durante el tiempo que Pedro tocaba sus pies y le miraba
con la boca abierta. - ¿Te gusta?
.- Le pregunté. - Sí.
Mucho.
Aquel primer encuentro se convirtió en el
primero de varios durante los cuales y aprovechando mis vacaciones llevé a Pedro
al Parque del Retiro para entablar amistad con Amanda. Puesto que ella era una
profesional y no iba a moverse de su lugar ni hablar con nadie, el segundo día
dejé a sus pies unas monedas que servían de pisapapeles. Bajo ellas estaba mi
número de teléfono escrito en un papel, y una única frase: �Quiero conocerte�.
Dio resultado. El tercer día me llamó por teléfono sólo para preguntarme si iría
a verla. Le dije que sí. �No te voy a dirigir la palabra cuando vengas�, me
confesó, �Ni siquiera te guiñaré un ojo�, concluyó divertida. Aquello me pareció
muy estimulante e incluso la imaginé sonriendo pícaramente. Este era un juego al
que quería someterme a ciegas. Ahora sólo tenía que pensar en cómo decirle a
Pedro que necesitaba unas horas para estar a solas con una chica. Hay que
recordar que desde el momento en que acogía mi amigo en casa, abandoné mi vida
social. Pedro nunca había tenido relaciones sexuales ni íntimas con una mujer y
al parecer ni siquiera había sentido deseos hacia otro sexo, así que no entendió
nada. Lejos de deprimirme, le preparé una cena ligera, le abrí un bote de
Coca-cola y le enseñé a usar el vídeo. Aquella noche se quedaría solo con la
cena y una cinta de vídeo y yo saldría con Amanda.
El cuarto día, cuando llevé a Pedro al
Retiro, algo había cambiado entre Amanda y yo. La complicidad era fantástica,
pero su profesionalidad me subyugaba sobremanera. Allí estaba ella, soportando
sin mover un ápice de su cuerpo, al joven, abnegado e infantil Pedro a sus pies,
llamándola �bonita�, acariciando sus pies, o sonriéndole como si fuera un
cachorrito adorando a la madre. ¡De qué diferente manera mirábamos a Amanda!. Lo
mío era lujuria, deseo y complicidad. Lo de Pedro era pasión, adoración o
fetichismo. Y mientras tanto, Amanda, blanca y aparentemente de yeso, seducía a
mi hermano y me provocaba a mí.
Aquella noche volví a dejar solo a Pedro,
pero esta vez le dije que había quedado a cenar con Amanda. - Es la chica que parece una estatua romana, -le
informé- la del parque.
Pedro frunció el ceño. - No.
�Dijo - ¿Cómo que no?
-inquirí. - La estatua �dijo Pedro
ofuscado- no come. Estuve
a punto de echarme a reir. ¡Que no comía! Comía, y no sólo carne y fruta y
helados, me comía a mí, a besos, a lametazos, de arriba abajo, con pasión y
mucho morbo. Por eso, precisamente por eso, me resultaba tan sexy y estimulante
verla inamovible sobre un pedestal en mitad del parque. Le dejé a Pedro un sandwich mixto y un bote
de naranja. También le mostré mi colección de vídeos por si prefería ser él
quien eligiera la película (opción que la noche anterior no tuvo porque le dejé
únicamente la cinta de �Cinema Paradiso� y las normas para el uso del vídeo), y
me marché. Bajé los dos
pisos por las escaleras y me fui caminando al bar donde había quedado con
Amanda, a dos manzanas de mi casa y sólo una de la suya. Cenamos y nos reímos,
nos hicimos promesas para aquella noche que prometía ser de alto contenido
erótico y nos marchamos con más prisa de la que teníamos al llegar. Y esa fue la
última noche que pasamos juntos.
Al día siguiente Pedro se levantó
malhumorado y me dijo que quería pensar. Yo tenía que arreglar unos papeles y
pensé que sería una buena idea dejarlo solo y aprovechar el día. Así lo hice.
Cuando volví habían pasado tres horas y estaba cansado y hambriento. Me dirigí a
la habitación de Pedro porque no lo ví en el salón. La casa estaba silenciosa y
empecé a incomodarme. Sí, se que parece extraño, pero más que asustarme por la
ausencia de Pedro me sentí enfadado, cabreado y jodido, bien jodido. Antes de llamar al centro
psiquiátrico o a la policía quise buscarlo por mi cuenta, y preguntando por los
comercios cercanos descubrí que Mario, el dueño de la tienda de ropa donde
habíamos comprado la camiseta y los vaqueros, y amigo mío desde hacía diez años,
le había prestado dinero para ir al Retiro en taxi (sobra decir que el
significado de taxi y su función se lo había explicado yo mismo porque él lo
había borrado también de su memoria). Cogí el coche y me dirigí allí aguantando
las quejas de mi estómago y el calor del verano. Saltarme un par de semáforos
era lo que menos me importaba ahora, tal era mi cabreo. Ni siquiera puse música.
Aparqué mal y corrí hacia el parque. Conforme llegaba al puesto de Amanda las
piernas empezaron a flaquearme. Varios policías apartaban a la gente casi a
manotazos. Noté que me
palpitaba el pecho más de lo normal y temí que me diera una taquicardia.
Sentado, acurrucado, abrazado a sus
piernas, estaba Pedro, mi amigo, mi hermano. Temblaba y balbuceaba palabras
sueltas. A su lado había un par de policías hablando entre ellos. Me agaché
frente a él haciendo caso omiso a uno de los polícías que trataba de evitar que
me acercara con el ceño fruncido. - Pedro. ¿Qué ha pasado? No me respondió inmediatamente pero
conforme entendía lo que me estaba diciendo mis fuerzas me abandonaban. Y
conforme escuchaba su locura giraba mi rostro y buscaba a Amanda. Mis ojos se posaron a cámara
lenta sobre un cuerpo tendido y sin vida. Pedro, mentalmente confuso, le arrancó la
vida y la cabeza. A mí me
arrancó el alma. Hoy sé
que Pedro se enamoró de la estatua y que la segunda cita que tuvimos Amanda y yo
fue observada en silencio por mi sufrido amigo. Herido, al ver no sólo que
Amanda estaba viva sino que me besaba como una mujer cualquiera, decidió acabar
con la imagen impura y colorida del bar y devolver al parque la bella figura de
yeso blanco y gris que resplandecía para los caminantes.
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