|
Me llamo Mercedes. Para más exactitud y precisión
en mis datos he de decir que fui bautizada como Mercedes Fernández Guadarrama y
llegué al mundo el 20 de junio de hace veintitrés años en esta misma casa. Dejo
constancia de estos datos no sólo para que quien lea estas cuartillas sepa que
mi historia es verídica, sino también para que yo misma esté convencida de que
aún queda en mí algo de lucidez.
La naturaleza se empeñó en negarme la salud
completa y mis padres se encargaron de acrecentar esa brecha, cada vez mayor,
que se abría entre el resto de mi familia y yo. No les reprocho sus cuidados ni
sus excesos, todo lo contrario, pero algunas veces me he preguntado si
realmente valió la pena el haberme privado de momentos irrepetibles con tal de
no provocar mayores estragos en mi cuerpo frágil.
He pasado prácticamente todos mis días dentro de
esta casa silenciosa y triste, incluso he llegado a creer que algo de ella se
adueñó de mi temperamento. Atendida por algunos, ignorada por otros, he venido a
ser parte del mobiliario de esta casa, a la que muy pocas veces he llamado
�hogar� porque para mí está muy lejos de serlo.
Las únicas diversiones, el único aliciente para
continuar con esto que algunos llaman vida y que yo no sé cómo nombrar, han
sido devorar el contenido de la biblioteca familiar que se fue acrecentando con
el transcurrir de las generaciones y sentarme a tocar el piano, que mi padre me
obsequió al cumplir los quince años, frente al enorme espejo que cuelga en uno
de los rincones mejor iluminados del salón.
Ver mi imagen reflejada en el espejo de marco
dorado que ha permanecido en ese mismo sitio desde hace más de un siglo,
siempre despertó en mí una sensación extraña. Nunca fui vanidosa ni me empeñé
en resaltar una hermosura que jamás fue tal, sin embargo, debo admitir que
desde pequeña he experimentado una satisfacción auténtica al ver mi rostro en
aquel viejo óvalo de vidrio. Quizás haya sido una forma de �escapar� a otra
dimensión, de viajar a un sitio alterno en el que podía ser una mujer libre;
tal vez sólo fue la manera que encontró mi mente para mantener por años la cordura.
Sin embargo, de esto último, como he dicho antes, ya no puedo estar tan segura�
Todo empezó hace unas cinco semanas, cuando sentada
frente al espejo que ya he mencionado, leía una novela de aventuras enviada
desde Madrid por mi hermana mayor. No era muy tarde pero en esta casa enorme en
la que los silencios devoran cualquier sonido, la quietud era tan lóbrega como
un callejón oscuro a medianoche. Decía, pues, que leía con la mayor
concentración posible, cuando de pronto, sin saber por qué, algo me hizo
levantar la vista del libro y detenerla en mi fiel compañero: el espejo del
salón.
Al principio no fui consciente de nada extraño o
fuera de lo normal, ya que el espejo me devolvía el reflejo de un rostro
femenino joven, casi translúcido, delgado, con pómulos altos, boca pequeña,
ojos negros y cabellos largos del mismo tono; es decir, tal cual es mi aspecto
en la realidad. Sin embargo, detrás de mí, o mejor dicho, detrás de mi reflejo
se veía una especie de sombra diáfana inmóvil que en aquel momento no pude
definir con exactitud pues al primer parpadeo se esfumó del sitio que ocupaba.
En ese instante pensé que todo había sido producto
de mi imaginación o de mi enfermedad y no tuve un motivo preciso para sentir
miedo. Simplemente lo dejé pasar y continué inmersa en mi lectura.
Pero a los pocos días sucedió un incidente más que
estuvo muy lejos de ser atribuido a una mala jugada de mi mente febril. Esa
noche, por segunda vez, pude ser testigo de que algo o alguien está aterrándome
para divertirse conmigo.
Tocaba mi pieza favorita en el piano tratando de
conciliar el sueño pues todos en casa dormían desde hacía horas. Como ya he
dicho antes, disfruto de verme reflejada en el espejo antiguo de la sala y
mientras mis manos recorrían de memoria las piezas del teclado, fijé mis ojos
en aquel objeto seductor. Y entonces lo vi ¡juro por el cielo que vi a un
hombre de pie detrás de mí!
Como es de esperarse, giré la cabeza con toda la
rapidez posible pero no encontré a nadie en el sitio que aquel ser ocupaba
segundos antes. Respiraba con dificultad, todo el salón estaba en penumbras y
completamente desierto, fuera de mí no había nadie más en aquella habitación.
Mis manos se habían crispado de terror sobre el teclado. Poco a poco me puse de
pie y cuando estaba a punto de reírme de mi miedo injustificado, atribuyéndolo
al insomnio y a la oscuridad de la noche, volví a fijar la vista en el espejo y
entonces pude ver en él a un hombre que esgrimía un puñal moro plateado
mientras me dedicaba una sonrisa maléfica, mefistofélica, y sus ojos despedían
una furia animal.
No recuerdo más. Mis padres dicen que en mitad de
la noche escucharon un alarido terrible, casi sobrehumano y que poco después,
al bajar precipitadamente, me encontraron desmayada en el centro del salón.
Cuando recobré el sentido no logré hilar las palabras hasta muchas horas
después, palabras que, por supuesto, nadie creyó.
Desde el día en que sucedió el extraño episodio,
me rehusé a salir de mi habitación y supliqué a mis padres, entre gritos y
sollozos, que sacasen de mi alcoba cualquier espejo o cosa semejante. Ellos,
como era de esperarse, al verme tan alterada y por orden del médico de la
familia, hicieron lo que les pedí aunque no pudieron comprenderlo.
Mas ninguna de esas precauciones han bastado,
desde aquella noche he padecido un terrible estado de angustia e impotencia, de
terror exacerbado, de vigilia constante. Casi no he dormido y, en los breves
instantes en que lo he hecho, despierto gritando, recordando a un hombre que me
persigue en sueños con un arma de plata en la mano. Ignoro qué o quién sea, así
como el motivo de su ensañamiento conmigo. Sólo sé que ese ser venido desde
quién sabe dónde me odia y no descansará hasta aniquilarme por completo, lo ha
hecho ya con mi razón, únicamente falta dar el golpe final, encontrar el
momento justo para lograr lo inevitable.
A toda hora escucho murmullos, jadeos
inexplicables, risas burlonas y, tras de todo ello, mi nombre repetido una y
mil veces: Mercedes, Mercedes, Mercedes� Precisamente ahora él está aquí,
detrás de mí, percibo su aliento, su presencia maligna y perversa. No me da
tregua, no me la concede, quiere sangre, se alimenta de muerte y yo soy su
presa, su presa predilecta.
¡Ya no puedo continuar con esto! Estoy atrapada,
acorralada, dominada por el pavor que me inspira un ser al que no sé si yo
misma hice venir desde su mundo o es que él me ha trasladado al suyo. Tiembla
mi mano al escribir estas frases. Pero aún con todo y eso dejaré constancia de
lo que finalmente me orilla a tomar una decisión. La Decisión.
Ayer por la tarde a la hora del baño, en el
momento en que introduje un pie en la bañera observé por encima de mi hombro,
reflejado en el agua tibia, el rostro de aquel ser aterrador que de un sólo
tajo me degollaba, o mejor dicho, degollaba mi reflejo. Muda de terror observé,
a través del agua, la escena de mi muerte a la vez que el hombre de mis
pesadillas permanecía impávido disfrutando ver caer la sangre sobre mi cuerpo. ¡No
encuentro palabras para poder trasladar al papel lo que sentí! Ni siquiera sé cómo
pudo resistir mi débil corazón ese trance monstruoso.
Después de ese vistazo adelantado de mi fin supe
que mi suerte está echada. Mas de una cosa estoy segura: No será ese ente
maléfico quien me quite la vida. ¡Con los últimos bríos que me quedan juro que
no permitiré que se alce con la victoria absoluta! Por ello he decidido armarme
de todo mi valor y bajar al salón ahora mismo, aprovechando que todos en casa
duermen la siesta, para estrellar contra el suelo, de una vez por todas, al
causante de mi desgracia.
¿Y después? El resto del trabajo lo hará el
contenido del frasco diminuto que hurté del maletín del médico la última vez
que estuvo aquí. Dejaré que se cumpla mi destino, el cual asumí desde siempre.
La muerte toca a mi puerta, lo sé, pero seré yo misma quien atienda.
No se culpe a nadie de mi muerte� si acaso,
cúlpese al espejo antiguo del salón y a mi embeleso irracional de contemplarme
días tras día, año tras año, en ese óvalo del tiempo, esa puerta dimensional
desconocida que se abre detrás de cada espejo.
|