En tierras gallegas ha sido vista, en
innumerables ocasiones desde hace cientos de años, una procesión de almas en
penas, compuestas por un séquito de espíritus que portan un ataúd y que son
guiados por un vivo, el cuál en algunas versiones lleva una vela, otras un
hisopo de agua bendita y en otras un hueso humano.
Pero todas las versiones coinciden en que �A procesión das ánimas� vaga por las
aldeas visitando las casas de aquellos que van a morir, y que si tienes la mala
fortuna de encontrarte con ella en su deambular nocturno formarás parte de la comitiva
todas las noches, durante un año, hasta que encuentres otro vivo que te
sustituya. Pero en caso de que pasé un año entero sin encontrar a ningún vivo
entrarás a formar parte de la procesión de difuntos� de manera permanente. También coinciden algunas versiones, en
que si te subes a �un cruceiro�, que
es una de las cruces que existen en los caminos de Galicia, o llevas los
cuernos de un �Ciervo de San Antón� puedes evitar unirte a ellos.
La aldea de mis abuelos se encuentra en el
corazón mismo de Galicia, a escasos 15 kilómetros de Santiago de Compostela,
situada en la parroquia de Sorribas. Y fue allí, una lluviosa tarde de
invierno, al lado de la cocina de leña donde mi abuelo me contó la historia de
un vecino que, cuando su madre aún era una niña, tuvo la mala suerte de
encontrarse con �A Santa Compaña�.
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Imaginaos, La España rural de finales del
siglo XIX, aldeas perdidas en los valles, sin luz eléctrica, sin caminos
asfaltados y sin más medios de transporte que un caballo los más ricos, y sus
piernas los más pobres.
José Tojeiro, era un joven jornalero al
que le gustaba ir a las verbenas y Romerías de las aldeas cercanas, solía salir
cuando terminaba de trabajar las fincas y volvía a casa siempre cerca de la 1
de la madrugada. Una noche de Agosto, cuando venía de la Romería de Santa
Minia, a la altura de Bastavales, empezó a sentir un fuerte olor a incienso que le hizo mirar hacia atrás para comprobar que unas luces lo seguían a menos
de un kilómetro.
José sabía que era aquello, en muchas
ocasiones había oído hablar de ello, así que apuró el paso para intentar llegar
al �Via Crucis� que (aún a día de hoy) está situado enfrente del atrio de la
Iglesia, a unos tres kilómetros de donde él estaba.
Por más que corría José no podía dejar
atrás la extraña procesión luminiscente que le seguía y la que, a cada paso, se
iba acercando más.
Consiguió llegar al atrio de la iglesia, sudoroso y temblando, y
subirse a una de las cruces instantes antes de que la comitiva le diese alcance, y allí
lo encontraron los más madrugadores al día siguiente.
José relató horas después lo que le había sucedido y que no había reconocido
al vivo que iba al frente de la procesión, aunque sí pudo ver que estaba demacrado
y lleno de arañazos, y qué dentro del ataúd iba amortajado Don Cosme, el
maestro del lugar (el cuál murió días después).
Mi bisabuela le contaba a menudo esta historia a mi abuelo y también le decía como había cambiado José, que se volvió asustadizo y aunque siguió
siendo muy trabajador, dejó de salir de casa una vez que se había puesto el
sol.
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